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Año Santo Sacerdotal 2009-2010


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Pensamientos en torno al SACERDOCIO

P. Sergio G. Román del Real


Ofertorio

Con el vino y con el pan
te ofrezco, Señor, mi vida.
A ti, el dueño de la vida,
fuente única de vida.
A ti, la misma vida,
te ofrezco mi vida.

Te ofrezco mi existir consciente
y mi inconsciente devenir;
mi crecimiento
y mi mengua;
lo que soy,
y lo que pude ser
y no quise serlo.

Mi vida nuevecita
de cada mañana;
mi vida por estrenar
aún no vivida,
y los jirones de vida,
sucios deshechos,
que se van quedando
en los caminos
al caer mi noche.

Lo que viví
y ya no es más;
mis ayeres
que ya no existen
pero que todavía hieren,
allí,
en algún rincón
de mi memoria.

Lo que soy te doy
con noble garbo,
sin ignorar
que lo que soy
es tan sólo un don:
tu paternal regalo.

Amo mi vida,
tuya es,
con el pan y con el vino
te la ofrezco.

Te ofrezco mi vida...
y te ofrezco mi muerte
en la misma patena,
inseparablemente juntas
con el pan y con el vino,
con tu Cristo
que es vida
y se hizo muerte.

Te ofrezco la muerte
que no es tuya,
que es tan sólo mía,
labrada con mis manos
en mi vida,
haciendo muerte
lo que debió ser vida.

¿Qué puedes Tú hacer
con mi muerte?
La muerte es nada,
negación de vida.
Nada
salida de la nada
y de la oscuridad caótica.

Mía es la muerte,
te la ofrezco
como el único don
no recibido
de tus divinas manos.

Transforma mi muerte.
Haz de mi muerte vida
y regrésame el don
convertido en gracia.

Me niego a morir.

Con mi materia estéril
dale alas
a mi cuerpo inerte;
infunde espíritu
al hijo de la madre tierra.

Que muera mi cuerpo,
y mi materia
que se vuelva polvo
y retorne
a su madre tierra,
pero que mi yo
no muera.

Que mi yo sea hijo
del Espíritu eterno,
y que, si tuvo principio,
que fin no tenga.

Como un don de Dios,
¡que mi yo no muera!

Con la vida, don tuyo,
te ofrezco mi muerte

¡para que me la vuelvas vida!