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Año Santo Sacerdotal 2009-2010


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Pensamientos en torno al SACERDOCIO

P. Sergio G. Román del Real


EL SACERDOTE:
ORACIÓN DEL DOMINGO POR LA TARDE

Los cristianos son muy exigentes con sus sacerdotes.
Y hacen bien.
Pero no pueden imaginar lo duro que es ser sacerdote...
Quien dio su paso al frente con toda la generosidad de sus 24 años,
sigue siendo un hombre. Y no hay día en que el hombre
que sigue vivo dentro de él no intente recuperar
lo que un día entregó a los demás.
Es una lucha continua por permanecer totalmente disponible
en favor de Cristo y del prójimo.
El sacerdote no necesita cumplidos o regalos complicados.
Tiene en cambio necesidad de que los cristianos
a cuyo cuidado está dedicado,
le demuestren, con su amor cada día más entregado
a sus hermanos, que él no ha ofrecido en vano su vida.
Y porque sigue siendo hombre, puede tener también necesidad,
alguna vez, de un gesto delicado de amistad desinteresada...
por ejemplo, esas tardes de domingo en que se encuentra solo.

***

Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres (Mc 1, 17)
No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os elegí a
vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que
vuestro fruto permanezca (Jn 15,16)
Pero dando al olvido lo que ya queda tras, me lanzo en persecución
de lo que veo delante, corro hacia la meta, hacia el galardón
de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús (Filip 3, 13-14)

Esta tarde, Señor, estoy solo.
Poco a poco los ruidos en la iglesia se han callado,
los fieles se han ido
y yo he vuelto a casa,
solo.
Me crucé con una pareja que volvía de su paseo,
pasé ante el cine que vomitaba su ración de gente,
bordeé las terrazas de los cafés, donde los paseantes
cansados intentaban estirar la felicidad del
domingo festivo,
me tropecé con los pequeños que jugaban en la
acera,
los niños, Señor,
los niños de los otros, que jamás serán míos.
Y heme aquí, Señor,
solo.
El silencio es amargo, la soledad me aplasta...

***

Señor, tengo 35 años,
un cuerpo hecho como los demás cuerpos,
unos brazos jóvenes para el trabajo,
un corazón destinado al amor.
Pero yo te lo he dado todo
porque en verdad que a Ti te hacía falta.
Yo te lo he dado todo, Señor, pero no es fácil.
Es duro dar su cuerpo: él querría entregarse a los
otros.
Es duro amar a todos sin reservarse nadie,
es duro estrechar una mano sin querer retenerla,
es duro hacer nacer un cariño tan sólo para dártelo,
es duro no ser nada para sí mismo por serlo todo
para ellos,
es duro ser como los otros, estar entre los otros,
y ser otro,
es duro dar siempre sin esperar la paga,
es duro ir delante de los demás sin que nadie vaya
jamás delante de uno,
es duro sufrir los pecados ajenos sin poder rehusar
el recibirlos y llevarlos a cuestas.
Es duro recibir secretos sin poder compartirlos,
es duro arrastrar a los demás y no poder jamás,
ni por un instante, dejarse arrastrar un poco,
es duro sostener a los débiles sin poder apoyarse
uno mismo sobre otro,
es duro estar solo,
solo ante todos,
solo ante el mundo,
solo ante el sufrimiento,
la muerte,
y el pecado.

***

Hijo mío, no estás solo:
Yo estoy contigo.
Yo soy tú,
pues Yo necesitaba una humanidad de recambio
para continuar mi Encarnación y mi Redención.
Desde la eternidad te elegí:
te necesito.
'Necesito tus manos para seguir bendiciendo,
necesito tus labios para seguir hablando,
necesito tu cuerpo para seguir sufriendo,
necesito tu corazón para seguir amando,
te necesito para seguir salvando:
continúa conmigo, hijo.

***

Heme aquí, Señor.
He aquí mi cuerpo,
he aquí mi corazón,
he aquí mi alma.
Dame el ser lo bastante grande para abarcar el mundo,
lo bastante fuerte para poder llevarlo a hombros,
lo bastante duro para poder abrazarlo sin intentar
guardármelo.
Concédeme el ser tierra de encuentro, pero sólo tierra
de paso,
camino que no conduzca a sí mismo, sin adornos
humanos, sino que lleve a Ti.
Señor, en esta tarde, mientras todo se calla y mi corazón
siente la amarga mordedura de la soledad,
mientras mi cuerpo aulla largamente su hambre
oscura,
mientras los hombres me devoran el alma y me
siento impotente para hartarlos,
mientras en mis espaldas pesa el mundo entero
con toda su carga de miseria y pecado,
yo te vuelvo a decir mi sí, no en una explosión
de entusiasmo, sino lenta, lúcida, humildemente,
solo, Señor, ante Ti
en la paz de la tarde.

Michel Quoist