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Pensamientos en torno al SACERDOCIO

P. Sergio G. Román del Real


LA PARROQUIA, FUENTE DE ESPIRITUALIDAD
PARA EL PÁRROCO

Para la mayor parte de los sacerdotes diocesanos y para otros muchos religiosos, la parroquia es el medio donde vivimos nuestro sacerdocio durante los muchos o pocos años que Dios nos da de vida.

La parroquia se convierte, así, en la clave de la calidad humana y sobrenatural de nuestra vida.

Puede ser un obstáculo para la plenitud o puede ser un medio de crecimiento y enriquecimiento en nuestros valores.

Del modo en que vivamos nuestra misión en la parroquia dependerá, también, la realización de nuestra vocación a la salvación.

RESPUESTA GENEROSA

La pastoral parroquial comenzó para cada uno de nosotros como una aventura anhelada durante los largos años de formación en el Seminario.

Aprendimos sobre la marcha lo que no pudieron enseñarnos en las clases y, con frecuencia experimentamos, inventamos y creamos con el entusiasmo de la juventud.

También, quizás alguna vez, nos equivocamos dolorosamente y así aprendimos a ser prudentes.

Aprendimos a optar no por ideas abstractas, sino por personas reales a las que apreciamos y con las que nos comprometimos.

La parroquia era nuestra vida, los feligreses nuestra familia, nos desgastamos gustosamente por nuestra misión como una respuesta generosa a la vocación que estaba plenamente consciente en nosotros.

Todos recordamos la unción y la emoción de nuestra primera misa y de esas otras muchas primeras misas que celebrábamos como algo siempre nuevo. Eran misas vividas por nosotros y que hacíamos vivir necesariamente a nuestros feligreses.

¿Cuánto duró esta respuesta generosa?
¿Dura todavía?
¿Qué nos hizo cambiar?
¿Podemos enamorarnos nuevamente?

COMO LOS MATRIMONIOS VIEJOS

A los sacerdotes nos puede pasar lo que a los esposos en un matrimonio que ha durado muchos años: se siguen amando pero no lo sienten.

Se conforman con seguir viviendo juntos, pero buscando cada uno su propio bien. Es una existencia vacía, mediocre, gris.

Necesitan algo que los saque de su apatía y que despierte el amor dormido. Necesitan volver a encontrarse, volver al primer amor.

Así puede pasarnos a los sacerdotes.

Nos acostumbramos a lo divino y lo creemos simplemente humano.
Se enfrían nuestra relación con Dios, se acaba el fervor.

Celebramos por obligación y, a veces, hasta como un modo obligado de subsistencia. Misas al vapor, sin preparación, con homilías repetidas al infinito a lo largo de los años, porque ya no tenemos nada nuevo qué decir.

Toleramos a la comunidad porque es nuestra obligación y todavía nos queda algo de ética profesional, pero nos fastidia la gente y procuramos aislarnos y no comprometernos.

Buscamos nuestra comodidad y damos cada vez más tiempo a nuestras aficiones personales que a nuestra labor pastoral.

Puede ser que nos concedamos satisfacciones no muy legítimas a las que creemos tener derecho, “porque somos humanos”.

Nos molesta que nos molesten y, por sistema, “no estamos”.

Evitamos las juntas con los demás sacerdotes y la participación en planes de pastoral de conjunto.

Consideramos que la Iglesia nos debe mucho y sacamos a relucir nuestros derechos. Sentimos que debemos ser recompensados y reconocidos.

Reducimos nuestra relación pastoral a unos cuantos de esos fieles siempre fieles a sus sacerdotes en las buenas y en las malas.

Nuestra relación con Dios se hace rutinaria, tibia, cada vez menos frecuente. Ya no “sentimos” su presencia. Ya no hay vida espiritual, vivimos por vivir.

Hemos perdido el amor a nuestro sacerdocio y tan sólo continuamos en él porque “mendigar nos da vergüenza y no podemos labrar la tierra”.

Como tenemos derechos, exigimos y nos volvemos críticos.

Razonamos y racionamos la obediencia.

Necesitamos algo extraordinario que despierte en amor dormido, que está allí, en algún lugar del alma.

Necesitamos volver al primer amor, pero ahora más maduro y más sensato.

CONVERSIÓN: VOLVERNOS A DIOS

No hay vuelta de hoja: nuestro sacerdocio debemos vivirlo íntegramente y con una gran sinceridad.

No hay nada más pleno que una vocación vivida con heroísmo, con entrega.

No hay nada más deprimente que una vocación mal vivida y suplantada por un egoísmo protagónico.

Nuestra vocación no es una profesión simplemente humana, es eminentemente, esencialmente divina.

La entrega se mantiene o regresa en la medida en que se mantiene o regresa la relación estrecha e íntima con Dios.

No hay más: si descuidamos nuestra vida espiritual se nos viene abajo la calidad sobrenatural de nuestro ministerio.

Para mantenernos fieles en el amor a nuestro sacerdocio:

  • Necesitamos nutrirnos en la oración personal y necesitamos volver a vivir nuestra misas.
  • Necesitamos un ambiente sacerdotal fraterno que nos contagie y que satisfaga, de alguna manera, nuestra necesidad humana de la amistad.
  • Necesitamos ser amigos de los laicos de nuestra comunidad, servirlos y no sólo servirnos de ellos.
  • Necesitamos volver a convencernos de que “en vano trabajan los albañiles si Dios no es el que construye la casa”.
  • Abramos los ojos para volver a ver a Dios trabajando con nuestras manos y hablando con nuestra boca.

LOS VIEJOS ENAMORADOS

Es conmovedor ver a los esposos ancianos que se siguen amando con ternura.

También nos mueve a imitación ver a tanto sacerdote que a lo largo de los años y a pesar de ellos, han conservado la fidelidad de su amor.

Sacerdotes entregados con entusiasmo a la pastoral de su Parroquia.

Sacerdotes que no sólo están al día, sino que ellos marcan la pauta del día con su creatividad, nacida del celo pastoral.

Sacerdotes que viven la pobreza evangélica y la austeridad que nace de tener su corazón puesto en los bienes de arriba.

Sacerdotes que saben ser amigos y que se preocupan por otros hermanos sacerdotes.

Sacerdotes amables y alegres que se han ganado el cariño y la admiración de sus fieles, y no su compasión y lástima.

En ellos descubrimos, porque no lo pueden ocultar, una vida espiritual vivida sin ostentación, pero que brilla como una luz puesta sobre el candelero.

Ellos son felices en su sacerdocio, porque lo han vivido siempre enamorados.

Gracias a Dios por esos sacerdotes.