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Año Santo Sacerdotal 2009-2010


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Pensamientos en torno al SACERDOCIO

P. Sergio G. Román del Real


EN BUSCA DE LA IDENTIDAD DEL SACERDOTE

El Sacerdote es:

Llamado por Dios (Hb 5, 1-4)

Dios nos hizo sentir su llamado a cada uno por diferentes medios y, por fin esa vocación se concretizó en aquel anhelado: “acérquense los que van a ser ordenados presbíteros”, seguido de nuestro nombre proclamado solemnemente y afirmado por nuestro “¡presente!” dicho, sí, con nerviosa emoción, pero con firme decisión. El primer paso para afirmar nuestra identidad sacerdotal es aceptar que hemos sido llamados “no por nuestros méritos, sino por su gran misericordia.”

Meditar sobre nuestra realizada vocación al presbiterado nos ayudará a darnos cuenta de que Dios nos llamó sabiendo bien cómo somos. Así nos necesitaba y así nos aceptó.

Responsable de su vocación

Aceptamos el llamado con humildad, conscientes de que era un privilegio y de que no éramos el mejor de los barros, pero también de que Dios es el mejor alfarero. Nos hicimos responsables de esa vocación y aceptamos modelarnos y dejarnos modelar a imagen del mismo Cristo, nosotros, los que deseábamos ser “otro Cristo".

También somos conscientes de que la Iglesia a la que servimos y amamos, hizo el mejor de sus esfuerzos para ser ella misma responsable de nuestra vocación “en cuanto a la humana fragilidad”.

Pero el llamado no terminó en el momento de nuestra ordenación sacerdotal. Allí comenzó una nueva etapa de esa vocación sublime a nuestra identificación con Cristo por el ministerio sacerdotal. Dios sigue llamándonos y nosotros debemos seguir siendo responsables a la vocación recibida.

Llamado al servicio

Para servir a Dios con un corazón no dividido. Para servir a Dios en el servicio de nuestros hermanos en el contexto de la Iglesia. Al servicio de la Iglesia. Servidores, simplemente servidores. Eso significa el ministerio al que hemos sido llamados.

Y este servicio exige de nosotros ciertas virtudes en las que debimos habernos formado y en las que nunca terminaremos de formarnos: Hombres de fe, de corazón bondadoso, sinceros, de alma fuerte, constantes, preocupados por la justicia, llenos de urbanidad... (Cfr. Prebyterorum Ordinis 3).

Y yo me atrevería a añadir: Hombres llenos de esperanza, llenos de alegría, ilusionados, jóvenes en la actitud y ancianos en la prudencia, entusiasmados y entusiasmadores.

En colaboración con el obispo

Quizás la figura del Obispo haya perdido mucho de la sacralidad con la que estaba revestida en tiempos pasados, pero sigue siendo un hecho que es la autoridad religiosa con la que colaboramos los presbíteros y que sólo así tiene sentido nuestro ministerio sacerdotal. Se necesita fe para ser obedientes a un hombre igual que nosotros y para ver en su autoridad la autoridad misma de Cristo. Esto no impide el que podamos hacer oír nuestra voz y el que seamos escuchados.

En fraternidad con los demás sacerdotes

Teniendo como ideal, un ideal que permanece a través de todos los tiempos de la Iglesia, de que debemos ser un presbiterio fraterno y unido, la realidad de nuestra vida pastoral que absorbe todas nuestras fuerzas y nuestro tiempo impide el trato más frecuente con los demás presbíteros.

Queda, sin embargo, como testimonio, la amistad sincera y estable que encontramos con frecuencia entre sacerdotes y, el interés con el que se busca hacer el bien a los sacerdotes aislados, alejados, ancianos o enfermos.

Como pastor de una comunidad

La parroquia es el campo ordinario donde desempeñamos nuestro ministerio. Es en ella donde debemos encontrar la realización y plenitud de nuestra vocación sacerdotal. Somos operarios de la viña del Señor y realizamos nuestro trabajo con gusto, concienzudamente y con la ilusión de un salario salvífico que nos ayuda a soportar el cansancio y el rigor del tiempo.

Y miembro de esa misma comunidad

No podemos ser pastores y quedarnos ajenos a las ovejas, guiarlas desde lejos. Las ovejas nos siguen porque caminamos delante de ellas y las llamamos por su nombre. Pastor y rebaño están unidos por la confianza que crea la presencia servicial. El presbítero es parte de la comunidad que él dirige y en ella encuentra su crecimiento en la fe, en la vida personal y en la espiritualidad. Así como decimos que un fiel cristiano no puede vivir su seguimiento de Cristo sin integrarse a una comunidad iglesia, así también tenemos que decirlo de nosotros mismos: nos urge integrarnos a una comunidad.

De su ministerio surge su espiritualidad:

El fiel cristiano, laico, religioso o ministro, se santifica haciendo bien lo que le toca hacer. Esa es la espiritualidad primordial. El sacerdote pastor de una comunidad se santifica en la misión a la que ha sido llamado y que constituye una fuente riquísima de gracias y dones.

En la liturgia

Somos los presbíteros, ante todo, liturgos. Ejercemos nuestra misión santificadora primordialmente en la presidencia de la liturgia. ¿Cómo no santificarnos nosotros mismos con aquello que santifica a nuestros fieles? Para que la rutina no apague nuestro espíritu debemos ser muy cuidadosos de mantener encendida en nosotros la luz del Espíritu que nos lleve a vivir intensamente el momento siempre nuevo de nuestras celebraciones. Dispongamos nuestros sentimientos para celebrar más vivamente la liturgia de todos los días.

En la oración personal

“Fraile que sólo reza cuando toca la campana, en realidad no reza” dicen por ahí, para darnos a entender que no basta la celebración digna de la liturgia para satisfacer las necesidades de nuestra alma de relación con Dios. Desde luego a partir de la liturgia debemos alimentar nuestra oración personal. ¿Para el dueño de nuestro tiempo, no tendremos un poquito de tiempo?

En el estudio constante

La lectura es el mejor de los vicios, pero para leer se necesita tiempo. Curiosamente tenemos tiempo para distraernos “un poco” viendo TV, pero ya no tenemos tiempo para leer. La lectura personal de buenos libros constituye una necesidad para estar al día en nuestra teología, que, a final de cuentas, es nuestra profesión. El estudio constante se lo debemos a nuestros fieles. De ese estudio dimana una oración profunda e íntima. El que más conoce a Dios, más lo ama.

En la caridad pastoral

La parábola del buen samaritano es una crítica a los sacerdotes del templo que pasaban de largo ante la necesidad de un prójimo sin hacerle caso, quizás absortos en su oración o en los problemas pastorales de su cargo. Nosotros, sacerdotes de la nueva alianza, debemos ser los primeros en la caridad hacia los necesitados. Los que vivimos de las dádivas generosas de los demás, qué poco generosos somos en nuestras dádivas. Es en la caridad fraterna en donde encontraremos nuestra santificación y la vocación que hemos recibido nos obliga a ser heroicos, audaces e ingeniosos en lo que llamamos pastoral social. Ésta siempre debe llevar nuestro sello personal.

Y en la caridad para consigo mismo

“Los médicos pensamos que nunca nos vamos a enfermar, pero los sacerdotes piensan que nunca se van a morir”, nos comentaba uno de los médicos de FRATESA. Y en este terreno volvemos a encontrarnos con el factor tiempo: no tenemos tiempo para ver al médico, para hacer deporte, para descansar, para tomar vacaciones, para alimentarnos de lo bello, para un sano esparcimiento. Todo esto lo necesitamos por caridad a nosotros mismos y por caridad para con nuestro prójimo que tiene derecho a un pastor equilibrado emocionalmente y sano para servir mejor.

Y todo esto le da un sentido de plenitud

“Jamás he lamentado ser sacerdote”, “me gusta ser sacerdote”, “gozo mi vocación”, “si pudiera volver a elegir, volvería a ser sacerdote”, todas estas expresiones manifiestan una realización humana y espiritual en el ministerio sacerdotal. Quienes así dicen suelen ser sacerdotes comprometidos, orgullosos de su ministerio, comunicativos y alegres. Se sienten realizados. Se sienten plenos. Ellos son los que, como testimonio vivo, alientan en los jóvenes el deseo de ser sacerdotes. 

Que nosotros llamamos santidad

La plenitud humana es, también, la plenitud cristiana. Es la santidad que debe ser el objetivo primordial de todo sacerdote, confesado sin timidez y sin miedo a la burla de los demás en un tiempo en que, aún entre nosotros los sacerdotes, se ven con desconfianza esos anhelos de santidad. Si no queremos ser santos, ¿para qué aceptamos ser sacerdotes?