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Año Santo Sacerdotal 2009-2010


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Pensamientos en torno al SACERDOCIO

P. Sergio G. Román del Real


¡Si no tengo caridad...!

Yo los elegí

¿De dónde vino nuestra vocación al sacerdocio?

Sí; hoy ya lo sabemos: es un llamado del mismo Jesús.

Un llamado inexplicable para nosotros, porque su razón de ser está en el querer insondable del Redentor. No sabemos por qué nos llamó Él, pero los indicios nos llevan a apostarle al amor del que todo lo hace por amor.

Hay un plan amoroso de Jesús para mí, hecho a mi medida, muy personalizado con mi nombre y mis señas completas, ¡y es un plan de salvación!, pero no es un plan excluyente. No me separa de la única historia de la salvación, sino que me da un papel en ella. Cuenta conmigo para el bien de los demás y para mi propio bien. Me hace protagonista en una obra en la que todos, absolutamente todos los personajes tienen un papel protagónico. Una obra en la que soy actor exclusivo e irremplazable, nadie puede actuar por mí.

Nuestra vocación es un llamado de amor.

Cuando vemos el amor de los humanos que se prenda de personas que, a nuestro juicio, no tienen los valores que ameriten tanto amor, decimos que el amor es ciego. ¿También el amor de Jesús es ciego?

¿Por qué me eligió a mí habiendo otros mucho más dignos, sabios y santos?

San Pablo nos da la clave de la elección de Cristo cuando escribe a los Corintios para poner orden en su comunidad que amenaza fractura y separación. Les pide que valoren a sus miembros y que se den cuenta de que, con criterios meramente humanos, no hay entre ellos personas de valía, ni sabios, ni poderosos, ni nobles. Ellos valen, y valen mucho, tan sólo en la medida en que se unen a Cristo en quien sí pueden gloriarse (Cfr. 1 Cor 1, 26-30).

Y sí, es cierto, lo hemos experimentado paso a paso en nuestro vivir sacerdotal; tan sólo valemos cuando es Cristo el que actúa en nosotros, tan sólo cuando somos el alter Christus para lo que hemos sido constituidos por la imposición de manos del obispo.

Cuando actuamos por nosotros mismos, cuando es nuestro brillo personal el que fulgura y cuando nos atenemos a nuestra capacidad humana de convocatoria, organización y acción, nuestra labor es hueca, le falta alma y se convierte en la flor de un día, que hoy es y mañana no.

Esta vocación tan especial a la que hemos sido llamados por el amor de Cristo y, a la que tenemos que dar respuesta movidos por nuestro pobre amor humano enriquecido por las gracias del cielo, es el camino a nuestra plenitud y a nuestra felicidad, no sólo a la eterna que esperamos fervientemente, sino a la humana a la que tendemos naturalmente.

Descubrir nuestra vocación, seguirla y realizarla es, sin duda, una fuente de gozo y de alegría, regalo magnífico de Cristo que nos ama sin mérito alguno de nuestra parte.

Nos motivó la caridad

La vocación tiene dos caras. El llamado divino inexplicable para nosotros y la respuesta humana que podemos analizar y valorar en la medida en que es nuestra, aunque terminemos por decir que aún nuestra respuesta a la vocación no deja de ser un don de Dios. Él da el llamado y da la respuesta.

A los esposos les gusta recordar el momento en que se conocieron y en que se enamoraron. A sus hijos les gusta conocer esa historia porque comprenden que es su propia historia, la razón de su existir mismo.

Los sacerdotes también tenemos una historia de amor. El momento del encuentro, del llamado y de la primera respuesta. La primera, porque la vocación exige muchas respuestas posteriores que, a final de cuentas no son más que una respuesta que dura toda la vida.

En las numerosas historias de nuestras vocaciones siempre habrá una constante: nos movió un testimonio de caridad sacerdotal.

Porque, ¿cómo desear ser sacerdote sin haber conocido antes a algún buen sacerdote?

Indudablemente, la mejor campaña vocacional será siempre el trabajo sinceramente generoso de nuestros sacerdotes. El ejemplo arrastra. Nuestra vocación sacerdotal, después de a Dios, se la debemos a algún buen sacerdote a quien Dios le pagará su buen ejemplo. Su testimonio de caridad nos motivó al sacerdocio.

Nuestro encuentro con Cristo

¿Fue nuestra respuesta al llamado de Cristo algo plenamente consciente?

Cada sacerdote puede responder por sí mismo a esta pregunta, pero podemos pensar que nuestra primera respuesta fue motivada más por el corazón que por la razón. Respondimos por amor, y el amor, siempre, viene de Dios.

Queremos entender nuestra vocación como un llamado personal de Cristo que supone un encuentro, también personal, de nosotros los llamados con el que llama.

A Cristo lo conocíamos de oídas, como Juan y Andrés, por lo que nos habían platicado nuestros padres y nuestros sacerdotes.

Era algo así como un conocimiento intuitivo nacido de ese anhelo del bien, presente naturalmente en todo humano.

Y de pronto, se nos hizo presente. Señalado, quizás, por algún buen Juan Bautista que nos dijo he aquí al Cordero de Dios, o descubierto por nosotros mismos, así lo creíamos, después de una búsqueda angustiosa y hasta dolorosa, persiguiendo algo que le diera sentido a nuestra vida. Allí estaba, le habíamos encontrado. Allí estaba, ¡Él nos había salido al encuentro!

Y en nosotros se repitió la historia vivida por cada uno de los apóstoles: lo seguimos y estuvimos con Él, descubriendo día a día un aspecto nuevo de Aquel hombre de quien queríamos ser discípulos.

Queríamos, y queremos, ser como Él. Anhelamos poder decir como san Pablo, algún día, que ya no somos nosotros, sino Cristo quien vive en nosotros.

Han pasado muchos años desde aquella respuesta primera nacida más del corazón que de la razón. Hemos estudiado a Cristo. Hoy sabemos de Él muchas cosas que en ese tiempo ignorábamos y que no nos importaba ignorar. Nuestra respuesta nacida del amor se ha revestido de razones. Se ha iluminado por la ciencia.

Caminando con Cristo conocemos un poco más de su infinitud. Nuestra respuesta de hoy quizás sea más consciente, pero, ojalá, no haya perdido la vehemencia del primer amor.

La caridad de Cristo nos urge

¡Cómo nos marcaron para toda la vida aquellos nuestros primeros años de sacerdotes!

Con nuestro sacerdocio ministerial recién estrenado, oliendo todavía a Crisma, como se dice, vivíamos con alegre entusiasmo el descubrimiento de nuestra nueva vida a la que todos los años de formación en el seminario intentaron prepararnos.

Éramos como niños pequeños ante muchas "primeras veces": la primera vez que celebramos nuestra misa, la primera confesión, la primera boda a la que asistimos, la emoción de poder decir soy sacerdote, el entusiasmo en nuestras labores apostólicas y, también, ese gozoso orgullo, que Dios nos haya perdonado, de pensar que éramos el mesías que nuestro mundo esperaba para salvarse.

La caridad de Cristo nos urgía, nos hacía incansables, imprudentemente generosos, maravillosamente omnipresentes, fatalmente incomprendidos, dolorosamente reprimidos.

¡Cuánta sabiduría necesitan los superiores para no cortar las alas a los neosacerdotes!

Y pasan los años. Y con los años llega la costumbre. Nos puede pasar lo que a los esposos viejos, que ya se acostumbraron al amor. También los sacerdotes nos acostumbramos al amor de Cristo y entonces nos volvemos solemnes, aburridos, perezosamente serenos, intransigentemente dogmáticos, incapaces de emocionarnos y caminantes de trillados caminos más seguros y perfectamente probados por nuestra sabia experiencia.

¿Cómo conservar o recuperar, la urgencia del amor de Cristo?, ¿cómo conservar o recuperar los ímpetus de la juventud?

Tal parece que algunos de entre nosotros han sabido descubrir el secreto de la eterna juventud. Sacerdotes cargados de años que se entusiasman por el amor al prójimo como si fuera la primera vez, con la entrega del primer amor.

Otros, en cambio, languidecen y se dejan morir como si ya hubieran terminado su misión y ya sólo esperaran recoger el premio que creen haber merecido.

Las tentaciones del alter Christus

La caridad es amar a Dios y a nuestro prójimo, por amor a Dios.

La fuente inagotable del amor es Dios mismo. Si nos conectamos a Él, amaremos siempre con amor de Dios, amor limpio, inagotable, pleno, generoso.

Si nos desconectamos de Dios, se nos acaba el amor y, si no tengo caridad, dice san Pablo, no soy más que una campana sin badajo que puede lucir mucho, pero que no sirve para nada.

Un sacerdote sin caridad es un sinsentido, porque ni amará a Dios ni amará a su prójimo.

La pérdida del amor no suele ser una renuncia consciente, un renegar abierto y decidido; es más bien una repetición constante de actos que van contra el amor, una acumulación de egoísmos casi imperceptibles.

Al paso del tiempo descubrimos que nuestro corazón ya no pertenece íntegro a Dios en el prójimo, ya lo hemos puesto en nosotros mismos y lo hemos divido en mil pedazos para poder amar a mil criaturas.

Si no tengo caridad, buscaré el cargo que me dé mayor prestigio o que sea más redituable. Si no tengo caridad me encerraré en mi habitación y no estaré para nadie, perdido en el "limbo" de mis satisfacciones personales.

Si no tengo caridad, mi amor humano me hará retener para mí el amor de las personas que debía canalizar hacia Dios.

Si no tengo caridad, me sentiré inconforme con mi Iglesia y sembraré discordia y descontento.

Si no tengo caridad me convertiré en un amante de los autos, pondré un criadero de perros de raza, presumiré que soy psicólogo o arquitecto y, si me acuerdo, seré sacerdote en mis tiempos libres.

Si no tengo caridad, amaré a mis libros más que a Cristo y más que a mis hermanos, porque los libros no son conflictivos, no molestan y cuando me canso de ellos los cierro y los pongo en el librero.

Puedo ser un sacerdote campana, que luce bien, pero le falta el badajo y ya no resuena a Cristo.

El llamado continúa

La respuesta generosa al llamado de Cristo necesita mantenimiento.

Está sostenida por el amor constante, siempre vivo y efectivo.

Los sacerdotes tenemos la ventaja de la celebración diaria de la Eucaristía, sacramento del amor, pero, desgraciadamente, hasta a eso nos acostumbramos. Nos acostumbramos a ese milagro diario del amor de Cristo que se hace presente entre nuestras manos. Renovemos nuestras celebraciones, hagámoslas siempre conscientes, vivenciales, llenas de la emoción del que todavía es capaz de amar.

Recurramos a la confesión frecuente para que no vaya a suceder que el que perdona no sea perdonado. El pecado adormece la fe y, si no hay fe, se muere la caridad que es, necesariamente, expresión de la fe.

Somos guías, pero también necesitamos de un guía. Hemos dejado la dirección espiritual poco a poco, dejándonos llevar por nuestro convencimiento de que ya no tenemos tiempo de hablar con un hermano sacerdote que nos ayude. Necesitamos de los sacerdotes como cualquier fiel laico.

La organización de la pastoral diocesana hoy en día propicia un mayor encuentro con otros sacerdotes, podemos simplemente estar presentes o podemos hacer de estos encuentros algo más fraterno. Necesitamos unos de otros.

Si hemos perdido el celo pastoral, ¿no será el momento de recobrar nuestra capacidad de hacer amigos? El celo pastoral no es otra cosa que el cariño que tenemos a nuestros hermanos cristianos, a los que conocemos por sus nombres, visitamos y sabemos de sus necesidades. No hay opción por los pobres, hay opción por José, Felipe, Enriqueta, Carmen, que son pobres.

El Cardenal Arzobispo de la Ciudad de México tiene dispuesto que los obispos que son sus vicarios episcopales no vivan, por ejemplo, en el seminario, sino que vivan en una parroquia en la que están en contacto con los fieles. Lo mismo dispone de los sacerdotes que tienen algún cargo en la Curia, todos ellos deben tener una parroquia. Un sacerdote nunca debe dejar de ser pastor. El cariño de los fieles y a los fieles sostiene nuestra vocación.

El llamado continúa. Si tuvimos vocación, seguimos teniéndola.

Un llamado surgido del amor de Cristo a ser como Él, a amar como Él.

Un llamado que exige nuestra respuesta de hoy, nacida todavía del corazón.

Él llama y la respuesta sigue siendo don gratuito de Él.

Todavía la respuesta a nuestra vocación es fuente de gozo y de alegría verdadera, algo que nos hace falta a muchos sacerdotes.