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Vicaría      de Pastoral

IX ESTACIÓN
EL RETO DE EDUCAR A LOS HIJOS
Desarrollo de Jesús en Familia

G. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
T. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo, y a mí pecador.

Lector 1: «Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón. Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2, 51-52).

Lector 2: Jesús experimenta un desarrollo armónico y feliz, estimulado por la capacidad de sus padres para guiar sus pasos. María es una mujer observadora que sabe aprovechar las experiencias que va teniendo con su Hijo, reflexionarlas y deducir sabias enseñanzas que, recogidas por el evangelista Lucas, nos iluminan también a nosotros.

G. Oremos: Espíritu Santo, tú que constantemente guías a tu Iglesia según tu amor, te pedimos ilumines a todos los niños y niñas y a quienes has encomendado la tarea de orientar su desarrollo, para que éste sea equilibrado y estimule el conocimiento y amor a ti, que vives y reinas con el Padre y el Hijo, por los siglos de los siglos. Amén.

G. Pequé, Señor, ten misericordia de mí.
T. Pecamos Señor, ten misericordia de nosotros.
G. Padre Nuestro. Ave María. Gloria.
Canto

X ESTACIÓN
VIDA Y SUEÑOS TRUNCADOS
La Hija de Jairo

G. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
T. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo, y a mí pecador.

Lector 1: «Y he aquí que llegó un hombre, llamado Jairo, que era jefe de la sinagoga, y cayendo a los pies de Jesús, le suplicaba entrara en su casa, porque tenía una sola hija, de unos doce años, que estaba muriéndose. Mientras iba, las gentes le ahogaban. Estaba todavía hablando, cuando uno de casa del jefe de la sinagoga llega diciendo: Tu hija está muerta. No molestes ya al Maestro. Jesús, que lo oyó, le dijo: No temas; solamente ten fe y se salvará. Al llegar a la casa, no permitió entrar con él más que a Pedro, Juan y Santiago, al padre y a la madre de la niña. Todos la lloraban y se lamentaban, pero él dijo: No lloren, no ha muerto; está dormida. Y se burlaban de él, pues sabían que estaba muerta. Él, tomándola de la mano, dijo en voz alta: ¡Niña, levántate! Retornó el espíritu a ella, y al punto se levantó; y él mandó que le dieran a ella de comer» (Lc 8, 41-42.49-55).

Lector 2: Aquella adolescente había muerto. Era hija única de un hombre influyente y respetado. Habían sido en vano los esfuerzos de los médicos, los ruegos en la sinagoga, la intervención de curanderos y magos. Ya no parecía que hubiera razones para molestar a Jesús... Y sin embargo, se realizó el milagro. El Maestro le ordenó que volviera a la vida con optimismo. ¡Cuántas y cuántos jóvenes han perdido la razón de vivir porque han experimentado prematuramente algún abuso sexual, violencia física o emocional, por parte, incluso de algún pariente muy cercano! Ellos también requieren que Jesús, valiéndose de nosotros, les devuelva comprensión, cariño, respeto... oportunidades de rehacer su vida.

G. Oremos: Jesús médico misericordioso, que manifestaste tu poder rescatando de la muerte a aquella muchacha, te suplicamos hagas lo mismo con tantos niños, adolescentes y jóvenes que han sido víctimas de abusos de diversa índole, devolviéndoles, a través de nuestro esfuerzo responsable, la alegría de vivir. Tú que vives y reinas, por los siglos de los siglos. Amén.

G. Pequé, Señor, ten misericordia de mí.
T. Pecamos Señor, ten misericordia de nosotros.
G. Padre Nuestro. Ave María. Gloria.
Canto

XI ESTACIÓN
GRITOS DESESPERADOS
El muchacho epiléptico

G. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
T. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo, y a mí pecador.

Lector 1: «En esto, un hombre de entre la gente empezó a gritar: Maestro te suplico que mires a mi hijo, porque es el único que tengo, y he aquí que un espíritu se apodera de él y de pronto empieza a dar gritos, le hace retorcerse echando espuma, y difícilmente se aparta de él, dejándole quebrantado. He pedido a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido. Respondió Jesús: ¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes y habré de soportarlos? ¡Trae acá a tu hijo! Cuando se acercaba, el demonio le arrojó por tierra y le agitó violentamente; pero Jesús increpó al espíritu inmundo, curó al niño y lo devolvió a su padre» (Lc 9, 38-42).

Lector 2: Todo parecía perdido para aquel muchacho que era agitado con violencia por tan terrible enfermedad –aún hoy incurable-. En nuestros días hay millones de jóvenes que, con su conducta agresiva, expresan a gritos ser fruto del desamor. La sociedad se muestra impotente para curarlos, porque lo único que puede darles es placer desenfrenado, aparatos electrónicos, ropa de última moda, o represión y cárcel. ¡Se requiere que Jesús entre en sus vidas para que realmente sanen!

G. Oremos: Jesús, tú que tienes el poder sobre el mal y lo has vencido, ayuda a tu Iglesia para que pueda enfrentar con decisión los desafíos que le presenta la juventud del siglo XXI, tan llena de sensaciones y cosas, pero tan vacía de Tí. Tú que vives y reinas, por los siglos de los siglos. Amén.

G. Pequé, Señor, ten misericordia de mí.
T. Pecamos Señor, ten misericordia de nosotros.
G. Padre Nuestro. Ave María. Gloria.
Canto

XII ESTACIÓN
LA GRANDEZA DE LOS PEQUEÑOS
¿Quién es el más importante?

G. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
T. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo, y a mí pecador.

Lector 1: «Se suscitó una discusión entre ellos sobre quién de ellos sería el mayor. Conociendo Jesús lo que pensaban en su corazón, tomó a un niño, le puso a su lado, y les dijo: El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, recibe a Aquél que me ha enviado; pues el más pequeño de entre ustedes, ése es el mayor» (Lc 9,46-48).


Lector 2:
Entonces como ahora, los seres humanos vivimos obsesionados por ser más importantes que los demás, creyendo que eso nos da felicidad. Tener más, poder más, aparentar grandezas, son los afanes que nos conducen a la división, a la guerra, al robo, a la muerte. Pero Jesús nos cambia todo nuestro esquema: el más importante para Dios, es el más pequeño... como los niños, con quienes Jesús se identifica.

G. Oremos: Oh Jesús, concédenos la gracia de rechazar la soberbia que nos enceguece y la capacidad de volver a ser como los niños, de tal forma que, no apeteciendo grandezas, te busquemos a ti en lo sencillo, lo humilde, lo que vale en tu Reino Eterno. A ti que vives y reinas, por los siglos de los siglos. Amén.

G. Pequé, Señor, ten misericordia de mí.
T. Pecamos Señor, ten misericordia de nosotros.
G. Padre Nuestro. Ave María. Gloria.
Canto

XIII ESTACIÓN
EL RIESGO DE OBSTACULIZAR EL FUTURO
Jesús y los niños

G. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
T. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo, y a mí pecador.

Lector 1: «Le presentaban unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: Dejen que los niños vengan a mí, no se lo impidan, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo les aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él. Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos» (Mc 10, 13-16).

Lector 2: ¡Cuánto ama Jesús a los niños y a quienes se conservan como tales, en su sencillez, su confianza plena hacia su padre, su carencia de doblez y su alegría! Entorpecer que se acerquen al Hijo de Dios es un crimen. Lo hacemos cuando damos pésimo testimonio de nuestra fe con nuestros actos, cuando nos burlamos de su piedad e inocencia, cuando los pervertimos iniciándolos tempranamente en cualquier vicio, cuando no nos preocupamos por su formación religiosa... ¡Urge que el mundo actual redescubra el valor de la infancia espiritual!

G. Oremos: Oh Jesús, que pediste que dejáramos que los niños se acerquen a ti, ilumina a los padres y maestros cristianos para que puedan presentarte vivo y atrayente a las nuevas generaciones de niños, adolescentes y jóvenes, de tal manera que, conociéndote, quieran imitarte, seguirte y comprometerse contigo como anunciadores de tu Reino. Tú que vives y reinas, por los siglos de los siglos. Amén.

G. Pequé, Señor, ten misericordia de mí.
T. Pecamos Señor, ten misericordia de nosotros.
G. Padre Nuestro. Ave María. Gloria.
Canto

XIV ESTACIÓN
EL TRIUNFO DE LA VIDA SOBRE LA MUERTE
Jesús resucita al hijo de una viuda de Naín

G. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
T. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo, y a mí pecador.

Lector 1: «Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad. Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: No llores. Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y él dijo: Joven, a ti te digo: ¡Levántate! El muerto se incorporó y se puso a hablar, y él se lo dio a su madre. El temor se apoderó de todos, y glorificaban a Dios, diciendo: Un gran profeta se ha levantado entre nosotros y Dios ha visitado a su pueblo» (Lc 7, 12-16).

Lector 2: Jesús se compadece de aquella madre que llora porque su hijo ha muerto. Hoy también muchas madres lloran porque sus hijos e hijas están muertos en vida, prisioneros en las garras del alcohol, de la droga, de la sexo-adicción, del consumismo... Y hoy como entonces, Él desea que, en lugar de huir, seamos capaces de tocar sus ataúdes para que se levanten y escuchen a Aquél que vive para siempre, se reincorporen a la vida, a su familia, a la comunidad, con proyectos claros que le den sentido a su existencia.

G. Oremos: Señor Jesús, tú que eres el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, y tienes las llaves del reino de la muerte, concédenos la gracia de ir estructurando respuestas claras de Iglesia, para atender los graves males que afectan a millones de niños, adolescentes y jóvenes, muertos en vida debido a sustancias, mensajes y estímulos intoxicantes, de tal modo que, en tu Nombre, los devolvamos a la vida. Tú que vives y reinas, por los siglos de los siglos. Amén.

G. Pequé, Señor, ten misericordia de mí.
T. Pecamos Señor, ten misericordia de nosotros.
G. Padre Nuestro. Ave María. Gloria.
Canto