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Decimos a veces, y con mucha razón, que la acción pastoral y, en general el crecimiento en la Fe, deben ser el resultado de un "proceso de procesos"; sólo así se da un verdadero avance, de lo contrario no sólo hay estancamiento, sino más aún, puede venir la indiferencia y la insensibilidad.

Esta asamblea también quiere ser un proceso dentro de otro que es el proceso pastoral de la Misión 2000. Hagamos que sea, en verdad, un eslabón importante dentro del caminar de la Arquidiócesis.

Para esto, es necesario que nos esforcemos en participar con intensidad durante estos tres días, en la V Asamblea diocesana y, vivamos el proceso que debe ser, es decir, una oportunidad muy especial de conversión por el encuentro de unos con otros, en el descubrimiento de nuevas riquezas para la Evangelización y de nuestras carencias reforzadas, no pocas veces, por la indiferencia hacia los hermanos que también se esfuerzan en cumplir su misión apostólica.

Ayer tomamos conciencia de nuestra propia identidad: como laicos, como sacerdotes o como consagrados. Ojalá hayamos podido descubrir también nuestra propia identidad apostólica. Ésta nos es dada por pertenecer a un movimiento o a una agrupación, por estar ejerciendo tal o cual ministerio concreto o por llevar a cabo una actividad de evangelización en algún sector determinado. El presente encuentro de hermanas y hermanos, todos agentes de pastoral, sigue siendo una oportunidad única para reconocernos "piedras vivas" unidas a la piedra fundamental que es Cristo (Cfr. 1 Pe 2, 4-5) sobre quien habremos de construir un gran templo espiritual.

Esta oportunidad hemos de agradecerla como undon al Señor, que al mismo tiempo nos exige una respuesta más decidida para construir la comunión.

Los invito a esforzarnos en superar un gran riesgo que yo quisiera describir en dos facetas. La Primera, referida a una actitud "intelectualista": pensar que a la Asamblea venimos casi exclusivamente a considerar, a recibir o a aportar conceptos que nos ayuden a clarificar nuestras preocupaciones en torno a la Misión o a perfilar nuestros métodos como sulución a los problemas. Pero recordemos que la Asamblea Diocesana tiene como finalidad impulsar el proceso pastoral y consideremos cuánto podría lograrlo el hecho de que asumamos nuevas actitudes, tengamos muy presente también que las experiencias como las de esta Asamblea son todo un proceso pedagógico, para mostrar los caminos de un mayor acercamiento entre los pastores, los consagrados y los fieles laicos. Descubramos, igualmente, que prácticas como éstas pueden ayudarnos para llegar a un gran número de alejados, porque para ellos este es el lenguaje ordinario de su fe.

La segunda faceta de este riesgo, al que me he referido, puede ser descrito como "pragmatismo pastoral", es decir, tener conciencia de las exigencias de la Misión entendida como una gran acción o un conjunto de acciones a las que deberemos lanzarnos hasta con arrojo. Pero nos falta la conciencia viva de una exigencia previa: unidad como comunión evangélica, "que todos sean uno lo mismo que Tú y yo, Padre. Y que también elos vivan unidos a nosotros para que el mundo crea que Tú me has enviado" (Jn 17, 21).

El Papa Juan Pablo II en su exhortación apostólica Ecclesia in America lo señala con mucha claridad: El encuentro con jesús lleva a la conversión, la conversión a la comunión, y la comunión a la Misión. Son, pues, elementos que se concatenan necesariamente, por lo cual la Misión exige como requisito indispensable la comunión. La misma enseñanza el Papa nos la había presentado ya en Christi Fideles Laici cuando dijo que "la comunión genera comunión, y esencialmente se configura como comunión misionera. La comunión y la misión están profundamente unidas entre sí, se compenetran y se implican mutuamente hasta tal punto que la comunión representa a la vez la fuente y el fruto de la Misión: La comunión es misionera y la misión es para la comunión" (Chl 32). Por tanto, ¿cómo podríamos pretender atraer a otros hermanos hacia Cristo si no estamos unidos entre nosotros como Iglesia?

La Arquidiócesis de México es particularmente rica en carismas para la evangelización; cuenta con un gran número de agentes de pastoral con formación teológica y capacitación técnica, pero frecuentemente faltos de la coordinación necesaria que es el resultado de un profundo espíritu de comunión. Podríamos decir, en este sentido, que estamos malgastando nuestros dones y que no estamos aprovechando fructuosamente los talentos que el Señor ha puesto en nuestras manos. Ciertamente necesitamos de programas y estructuras renovadas, pero más todavía, necesitamos de la comunión fraterna que se consigue con la conversión y la inserción más profunda y decidida a la Iglesia única de Cristo.

Es a esto a lo que estamos invitando a todos ustedes el día de hoy; a abrir el corazón, aceptar la invitación del Espíritu y abrirnos a la comunión.

Preparémonos para que sea Cristo mismo, su imagen bendita la que unifique nuestros corazones, convierta nuestras mentes y nos unifique en su Iglesia.

P. Alberto Márquez Aquino
Vicario General y Episcopal de Pastoral