Muy Queridos Hermanos/as:

 

           San Lucas ha comenzado la narración poniéndonos en esa composición de lugar (como decían nuestros padres espirituales) en un ambiente muy sugestivo: a la orilla del lago de Genesaret, quizá con un fresco muy agradable.

 

           El contenido de esta narración es para decirnos algo muy contrario a lo que algunos predicadores suelen hacer creer: que la obra de la salvación la tenemos que realizar nosotros, pero sólo nosotros. En el pasaje que hemos escuchado Jesús no está enseñando a la multitudes, ha reunido a los suyos para compartir la misión que el Padre le ha encomendado: Ad homines, per homines, esto es: la obra de la salvación para los hombres, por los hombres. Vemos a Jesús confiando en nosotros: débiles, pecadores, instrumentos no adecuados. Y nos invita con plena confianza, llamándonos a colaborar a algo que solamente Dios puede hacer, porque la salvación sólo Dios la puede operar. Sin embargo, nos llama para enseñarnos que debemos multiplicar esa obra y que no podemos perseverar si no llamamos a otros más que vengan a realizarla junto con nosotros; no quiso llamar a uno sólo sino a doce, a setenta y dos, a otros muchos... como enseñándonos que lo que nos ha confiado no nos lo podemos apropiar, no podemos ser el “hombre o la mujer orquesta”, creyendo que únicamente nosotros podemos cumplir lo que Él mismo ha puesto en nuestras manos.

 

           Hay algo que nos llamará la atención y veo que maravillosamente se nos ha ilustrado esta tarde en los cuadros que tenemos en el aula. Puede ser que nuestra situación sea la que se refleja en esa escena del lago: los discípulos ya estaban ahí, descansando, lavando las redes; quizá esa pueda ser nuestra actitud actualmente cuando pensamos: “Ya cumplimos la etapa intensiva de la Misión, vamos a darnos una descansadita, vamos a arreglar otras cosas que son importantes, vamos a arreglar algunas cosas que tenemos rezagadas, de esas que nunca faltan, vamos a ocuparnos de tareas materiales”. Es en ese momento cuando el Señor llega a invitarnos a lanzar las redes. Quizá también hay otros que no están en actitud de descanso, sino que dicen: “Señor, hemos trabajado mucho toda la noche, nos desvelamos y no logramos gran cosa, pero en tu nombre lanzaremos nuevamente las redes”. Tal vez también haya alguien que se sienta cansado, desilusionado porque no se dieron los frutos esperados. Ellos también pueden decir: “Aquí estamos nosotros, Señor, en tu nombre lanzaremos las redes”.

 

           San Lucas nos presenta la escena a la orilla del lago de una manera tan normal, tan natural: un hombre hablando con otro hombre, dialogando sobre la tarea realizada. No es una gran teofanía en donde se revela una verdad fundamental, en donde se presenta la grandeza del misterio, no… Es un hombre hablando con otro hombre: Jesús con toda su situación humana hablando con sus discípulos. Sin embargo, Pedro sabe de qué se trata y exclama: ¡Apártate de mí, que soy un gran pecador!

 

           Yo creo que ante la encomienda de lanzar las redes, ante la misión de colaborar en la obra de la salvación todos nos sentimos indignos (y no creo que no haya alguno que no esté en esa situación), nos sentimos pecadores y con una encomienda desproporcionada a nuestra situación. Pedro lo reconoce así y así es como hemos iniciado nuestra celebración vespertina: reconociendo nuestra situación de pecado, nuestra incapacidad. Y como Pedro tenemos que decir: En tu nombre lanzaré las redes.

 

           Jesús elige y escoge a sus apóstoles para que vayan en su seguimiento. Sabemos que tal seguimiento tiene una finalidad muy precisa: convertirnos en pescadores de hombres. “No temas, dice Jesús, serás pescador de hombres”. El Señor nos llama para que seamos pescadores de hombres, no pescadores de almas, esperando el momento final de la vida del ser humano, para anunciarle, en el momento de su muerte, una buena nueva y que pueda tener un pase para la vida eterna. Se trata de una salvación integral, dirigida al hombre completo. “No teman, serán pescadores de hombres”, nos dice hoy Jesús. Esa es la Misión que nos confía a sus seguidores. No se trata, pues, de un seguimiento cualquiera, de un seguimiento simplemente para estar con él, para seguir sus huellas imitando sus virtudes y ya. Nos llama para que seamos pescadores de hombres, para que nos convirtamos en testigos, para que anunciemos lo mismo que Él anunció, la misma Buena Nueva. Nos llama para que tengamos el mismo poder que él tuvo: “Así como mi Padre me envió, así yo los envío”.

       

           Hermanos: ciertamente ya estamos pensando en la exhortación con la que el Papa Juan Pablo II termina su carta Novo Millennio Ineunte: Duc in altum, remen mar adentro. A mí se me hace curioso ver la imagen con que ambientaron este lugar: nuestra ciudad a orillas del lago: la Catedral, la Basílica, los edificios públicos... No tenemos esa agua en torno nuestro, pero si que nos espera en la Ciudad un gran océano, un mar de posibilidades para el Evangelio. También hay muchas incertidumbres, como en todos los mares, como en todas estas aventuras de los pescadores del relato evangélico. No sabemos todavía qué dificultades se nos presentarán, conocemos ya algunas y las podemos detectar desde aquí, desde nuestra reunión, pero otras quizá nos van a sorprender. Sin embargo, Jesús nos manda remar mar adentro para que recomencemos.

 

           Cuando pensábamos que ya podíamos descansar un poco Jesús nos manda lanzar nuevamente las redes. Cuando quizá nos sentíamos ya cansados, nos dice: ¡Remen mar adentro! Ese es el grito con que el Papa termina su carta ante este nuevo milenio. Ojalá y escuchemos la voz del Papa. Ojalá que escuchemos la voz de Cristo y con gran entusiasmo. El relato del evangelio que escuchamos es una mezcla de muchos acontecimientos que San Lucas nos presenta como reflejo del entusiasmo de la primitiva comunidad cristiana, de la decisión de lanzarse ante el mundo pagano a una nueva aventura: que el Evangelio de Cristo sea conocido.  San Lucas concluye su relato diciendo que los discípulos lo dejaron todo: esposa, hermanos, redes, hijos, etc. Dejándolo todo lo siguieron. Yo no me alcanzo a explicar si fue por la pesca maravillosa por lo que se decidieron a seguir a Jesús. Es sorprendente el modo como San Lucas concluye su relato: dejándolo todo lo siguieron. ¿Qué verían en Cristo? ¿Qué alcanzaron a descubrir?

 

           El Papa, en su carta Novo Millennio Ineunte dice que llegaron a la contemplación del rostro de Cristo. Yo creo que detrás de esa contemplación los pescadores experimentaron mucho más que el signo maravilloso de una pesca que hasta ese momento no habían logrado. Al momento de decidirse a seguir a Jesús es porque descubrieron en Él algo mucho mayor que un taumaturgo, que un prestidigitador, que un hombre que viene con maravillas. Ojalá y que nosotros también escuchemos la voz de Cristo y descubramos en Él al Hijo de Dios Vivo y nos animemos a llevar la obra de la salvación que pone en nuestras manos. Que esta tarde lo escuchemos; que esta tarde también tomemos la decisión de seguirlo dejándolo todo. Que en estas jornadas nosotros también aceptemos la invitación de remar mar adentro en su nombre y echar las redes. Que dejándolo todo lo sigamos, pero que lo sigamos para el fin que Él nos ha escogido: para que seamos pescadores de hombres.

 

Versión estenográfica de la homilía del Sr. Cardenal

del jueves 20 de septiembre de 2001, 1er. día de la VII Asamblea