VII ASAMBLEA DIOCESANA

HOMILÍA SR. CARDENAL

DON NORBERTO RIVERA CARRERA

ORACION INICIAL

22 de septiembre de 2001

 

 

 

En primer lugar, parece banal pero es real, verdadero, afirmar que estamos viviendo un gigantesco giro histórico de cambio de época, de impresionante transición  cultural, de desafíos “globales”, coincidente con los comienzos de una nuevo milenio. Hacia finales del siglo pasado ya resultaba claro que el fracaso y desfonde de los “totalitarismos” era signo del agotamiento histórico de la parábola “moderna” de los ateísmos mesiánicos, que pretendieron reformular y sustituir a la tradición cristiana. Los paraísos prometidos generaron infiernos. Pero también parece claro que aquel “secularismo” adquiere nuevo rostro, radicalizándose aún en los ateísmos nihilistas y libertinos que se difunden como cultura dominante de la sociedad tecnocrática del consumo y del espectáculo. Lo que ha sido llamado paradójicamente como “confortable nihilismo”, de masas homologadas por potentísimos instrumentos de comunicación y control social, conviven con una emergente y tan variada demanda espiritual, religiosa. Agotadas las utopías e ideologías mesiánicas, los ateísmos nihilistas y libertinos no pueden de modo alguno “satisfacer” el corazón de las personas y la auténtica cultura de los pueblos, que reclaman significados e ideales razonables de vida, que anhelan verdad, “sentido” de la existencia, felicidad, belleza y justicia. Ello no logra ser acallado ni censurado por los que funcionan como una gigantesca obra de “distracción”, pero tiende a ser encauzado hacia una vaga religiosidad, un abstracto y ecléctico espiritualismo ecuménico, en el que todas las ofertas se confunden en el supermercado de la “aldea global”. Basta visitar una librería de Ciudad de México o Nueva York, de Roma  o Nairobi para advertir los estantes repletos de tales ofertas. Se difunden por doquier las búsquedas introspectivas de gratificación espiritual, las meditaciones y prácticas orientales, las modas culturales  de la “New Age” y todo tipo de esoterismos, neognosticismo y panteísmos. Al mismo tiempo se da una auténtica búsqueda de Dios, una renovada sed de silencio y oración que se exprese en muy diversos modos. Pues bien, la “Nueva Evangelización” a la que no cesa de convocarnos el Papa Juan Pablo II es precisamente el testimonio y el anuncio de que solo Cristo -¡Solo Jesucristo, Verbo encarnado, Redemptor hominis, Señor de la historia!- puede satisfacer sobreabundantemente esa sed espiritual, esa hambre de Dios, toda auténtica demanda religiosa, esos deseos de verdad y felicidad, esa apertura al misterio que reclama la razón, esa tensión al infinito che choca con la propia finitud y caducidad, esa purificación, reconciliación y elevación de la propia humanidad. Él es la revelación y el camino de toda “adoración en espíritu y  verdad”.

Ahora bien, el encuentro pleno con Jesucristo se da en Su acción litúrgica y sacramental, participando en la actualización de Su misterio pascual, y se prolonga como novedad sorprendente de vida en todas las dimensiones de la existencia cotidiana en la que los momentos y gestos de piedad, de devoción, ayuda a mantener la memoria viva de Su Presencia. Precisamente en estos tiempos de demanda emergente de religiosidad, que algunos han llamados de despertar “ revancha de los sagrado, sería sorprendente, por no decir absurdo que se colaran subrepticiamente en la Iglesia y se encontraran en lo que es la fuente  y vértice de su vida, por una parte propuestas secularizadas y desacralizadas, formas de auto celebración según medidas  e intereses mundanos y, por otra, complementos “sacrales” para cubrir un vacío. Lo sería también si la Iglesia “no reinterpreta la religión del pueblo” -como también se advertía en el documento final de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano-, corriendo entonces el riesgo de producir “ un vacío que lo ocuparan las sectas, los mesianismos políticos secularizados, el consumismo que produce hastío e indiferencia o el pansexualismo pagano.

No es posible ignorar en el proceso de elaboración del directorio, que la Iglesia Católica ha recientemente superado una fase extremadamente difícil en cuanto a la piedad popular, que hay quienes han denominado, como coyuntura “ iconoclásica”  La liturgia , por cierto, “no abarca toda la vida espiritual “, y el hecho de que sean “ fuente y culminación” no excluye obviamente la oración personal ni quita espacio a los “ Ejercicios piadosos del pueblo cristiano”, recomendados encarecidamente por la Constitución “Sacrosanctum Concilio”, “ Con tal que sea conforme a las leyes y  a las normas de la Iglesia en particular si se hace por mandato de la Sede Apostólica “ o si se trata de “ Prácticas Religiosas de las Iglesias Particulares que se celebran por mandato de los Obispos, a tenor de las costumbres o de los libros legítimamente aprobados “. Sin embargo “ en los años 1963-1973, se dio un movimiento que parecía poner en ostracismo todo lo que era colocado bajo el rótulo de ejercicios piadosos, devociones populares , religiosidad popular, piedad popular. La renovación litúrgica, la publicación de los libros litúrgicos oficiales que sistematizaron los nuevos ritos y los nuevos textos, el esfuerzo por preparar el pueblo de Dios, sacerdotes y fieles, a recibir, a profundizar, a adecuarse a lo que el Concilio Vaticano II solicitaba, eran coeficientes que parecían marginar de la vida de muchos las llamadas “prácticas de piedad” En la oposición  a los “pía excercitia” para conquistar todo a la reforma litúrgica, se subrayó con frecuencia e intensidad por parte de los liturgistas, el valor superior de la Liturgia y se despreciaron las llamadas prácticas de piedad. El Cardenal Noe recuerda aún que volvía a proponerse una cierta tendencia de “panliturgismo” ya presente en los años 40 del siglo pasado, de ímpetu exclusivista y monopolizante de las expresiones del cristianismo auténtico. Eso había llevado a Pio XII en la “Mediator Dei “ aun sosteniendo desde el Magisterio el sano y profético “movimiento de reforma litúrgica”, a calificar como “algo pernicioso y totalmente erróneo quien con temerario presunción se atreviera a reformar todos esos ejercicios de piedad reduciéndolos a los solos esquemas y formas litúrgicas “. Más allá del dictado conciliar, una ráfaga de recelo y suspicacia, de sospecha y desprecio, de abandono pastoral y desmantelamientos apresurados e indiscriminados, se desató contra la piedad popular. Hay quien ilustra esta coyuntura desde América Latina: “Durante el primer periodo (del post concilio), la “religiosidad popular” tuvo, dentro de la Iglesia Católica, el más grande eclipse en siglos, por lo menos en la consideración de estratos sacerdotales e intelectuales de la Iglesia. Durante este primer periodo, la religiosidad popular fue menospreciada, vejada, a lo sumo tratada como mal inevitable, en vías de desaparición, regazo mágico, fetichista que era necesario purificar en el mejor de los casos o soportar en condescendencia provisoria. Es esta una de las paradojas más extraordinarias de este periodo, tan fecundo bajo tantos aspectos. Una de sus aparentes contradicciones, de las más profundas. Pues era el auge de la eclesiología de la Iglesia como pueblo de Dios. Se abría la liturgia a las lenguas nacionales, el sacerdote oficiaba cara al pueblo, se promovía por doquier la participación, y por doquier se realizó la más grande persecución a las formas de “piedad popular”.

Aquella coyuntura crítica no podía no suscitar un profundo discernimiento y reorientación en seno de la Iglesia. Lo primeros signos de un cambio de actitud procedieron, y no por casualidad, de América Latina. En 1976 se tuvo un muy importante Encuentro convocado por el CELAM en Bogotá, que constituye un aporte riquísimo, desde diversos puntos de vista, sobre “La Iglesia y la religiosidad popular en América Latina”. En su introducción, el entonces Nuncio apostólico en Bogotá, hoy cardenal, Eduardo Martínez Somalo, afirmaba; “Sólo si estudiamos su origen recóndito, su realidad como don del Espíritu, su dinamismo teocéntrico, entendemos mejor la religiosidad, no estrictamente litúrgica, sus cauces y su valor como acto religioso. Hay a veces en estas formas de piedad un humanismo profundo y un cristianismo sólido que por decirlo así empapa y hace resonar aún las mas humildes fibras del ser del hombre”, Y concluía señalando algunos de sus valores: “Refleja una sed de Dios que sólo los pobres y sencillos pueden conocer. Hace capaz de generosidad y sacrificio hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar la fe. Comporta un hondo sentido de los atributos de Dios: la paternidad, la providencia, la presencia amorosa y constante. Engendra actitudes interiores que raramente pueden observarse en el mismo grado en quienes no poseen esa religiosidad: paciencia, sentido de la cruz en la vida cotidiana, desasimiento, aceptación de los demás y devoción”. En la III Asamblea general del Sínodo de los Obispos, el Cardenal Pironio, hablando como Presidente del CELAM, volvía a destacar que la “religiosidad popular es un punto de partida para una nueva evangelización; en ella hay elementos válidos de una fe auténtica que busca ser purificada, interiorizada”. La Exhortación apostólica “Evangelii Nuntiandi” constituyó un hito fundamental en este camino. No en vano fue como apertura de una fase de discernimiento de las reformas conciliares, para impulsar y sedimentar todo lo bueno en la renovación eclesial y dejar atrás confusiones, crisis de identidad, callejones sin salida. Re-centrando la identidad y la misión de la Iglesia en la evangelización, Pablo VI escribe sobre el “redescubrimiento” de la piedad popular luego de una fase de oscuridad y desprecio, recogiendo muchas intervenciones de los padres sinodales. No ignora “límites”; la penetración subrepticia de deformaciones y supersticiones, la participación cultural sin una adhesión a la fe, la tentación de las sectas; pero recoge y propone sobre todo sus valores, retomando casi textualmente aquella frase de Martínez Somalo. El Papa solicita un cambio de actitud de los pastores, pidiendo positiva sensibilidad sobre la cuestión, sabiendo acoger sus “dimensiones interiores y sus valore innegables” y estando “dispuestos a ayudarla a superar sus riesgos de desviación”. Bien orientada –concluía el santo y sabio Pablo VI-, esta religiosidad popular puede ser cada vez más, para nuestras masas populares, un verdadero encuentro con Dios Jesucristo”. Se abría así una senda que se haría mas evidente y palpable durante el pontificado de S.S. Juan Pablo II. El Papa “que viene de lejos”, de una nación en que las muy diversas formas de piedad popular expresan también una gran riqueza de tradición católica como una identidad de la nación y protección ante sus enemigos, devoto de María Santísima desde su Santuario en Jasna Gora, a los comienzos mismos de su pontificado se postra ante Nuestra Señora de Guadalupe y le pide que le abra el corazón de nuestras gentes americanas. Por eso, en ese primer viaje apostólica suyo, tan decisivo,  en Zapopán, dan nuevas pautas de discernimiento, valorización y desarrollo cuando afirma que “esta piedad popular no es un sentimiento vago, carente de sólida base doctrinal como una forma inferior de manifestación religiosa. Cuantas veces, ala contrario, es la verdadera expresión del alma de un pueblo en cuanto tacada por la Gracia y forjada por el feliz encuentro entre la obra de evangelización y la cultura local” llamándola especialmente como “piedad de los pobres y los sencillos”, la señala como “el modo con el cual estos predilectos del Señor, viven y traducen en sus actitudes humanas y en todas las dimensiones de la vida el misterio de la que han recibido”. El documento de Puebla tiene inmediatamente después páginas admirables sobre “la evangelización de la cultura y la religiosidad popular”. La madurez del magisterio doctrinal y pastoral de la Iglesia relativo a la “piedad popular” se expresará cabalmente durante todo el actual pontificado. No podía ser de otro modo con un Papa que convierte a los pueblos en sus directos interlocutores, que valoriza su tradición histórica y cultural, que mira a las raíces de la inculturación de la fe en la vida de las naciones, que esta animado por una piedad filial a la Santísima Virgen María, que destaca el lugar de los santos en la evangelización y que es buen pedagogo para conducir todas las huellas y signos cristianos hacia un crecimiento de la fe. Habría que recorrer y trabajar, pues, tantos aspectos de sus documentos para advertir el despliegue de tales indicaciones, especialmente en relación con la liturgia y sacramentos.

Indicación clara del Concilio es que los ejercicios piadosos “se organicen teniendo en cuenta los tiempos litúrgicos, de modo que vayan de acuerdo con la sagrada liturgia, en cierto modo deriven de ella y a ella conduzcan al pueblo”. “Tanto los ejercicios piadosos del pueblo cristiano como otras formas de devoción  -confirmó la Carta Apostólica Vicesimus Quintus Annus-  son acogidos y recomendados siempre que no sustituyan y no se mezclen con las celebraciones litúrgicas”, La misma preocupación fue expresada por  Pablo VI en la “Marialis Cultus”, refiriéndose con estas palabras a los que desprecian a priori los ejercicios piadosos y los abandonan, y a los que confunden ejercicios piadosos y celebraciones litúrgicas en “celebraciones híbridas”: “ la norma conciliar prescribe armonizar los ejercicios piadosos con la liturgia, no confundirlos con ella. Una clara acción pastoral debe, por una parte, distinguir y subrayar la naturaleza propia de los actos litúrgicos; por otra, valorar los ejercicios piadosos para adaptarlos a las necesidades de cada comunidad eclesial y hacerlos auxiliares válidos de la liturgia.

Sabemos cómo en algunas fases de la historia eclesial se dieron situaciones manifiestas de separación y confusión. En efecto, mientras los clérigos celebran la eucaristía en coros cada vez mas aislados de la nave de los fieles, en una lengua (latina) incomprensible para los fieles, en situación éstos de alejamiento práctico de la Palabra de Dios, a veces como testigos mudos de la celebración, no puede extrañar que el pueblo cristiano se contentase de recitar otras oraciones o cumplir con sus “devociones” durante la Misa y los oficios. Es obvio que tal “hibridismo” ha sido superado y sería motivo de confusión que se diera aún en nuestros días.