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XIII Asamblea Diocesana
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MENSAJE DEL CARDENAL


Cardenal Norberto Rivera Carrera

Muy queridos hermanos asistentes a la XIII asamblea Diocesana:

Ante todo, quiero expresarles mi tristeza por no poder estar en medio de ustedes, ya que otros compromisos me tienen ausente; me da también mucha alegría saber que con verdadera responsabilidad han estado preparando esta asamblea, tanto a nivel diocesano como en cada una de las vicarías, creo que para todos ustedes es importante tener muy claro el objetivo.

Estamos en una Iglesia particular, en la Arquidiócesis de México, que ha decidido desde hace muchos años estar, impulsar, realizar la misión permanente; sin duda alguna, todos ustedes también se alegrarán al saber que a nivel continental se ha tomado la misma opción. Este continente se encamina por ese mismo compromiso que nosotros hemos asumido desde hace años. Sin duda alguna todos somos conscientes de que, para asumir este objetivo, el compromiso de la misión permanente es necesario para la conversión pastoral, tanto a nivel personal como comunitaria. Sólo así podríamos proclamar el Evangelio en esta cultura cambiante.

No quisiera entrar a la discusión de si estamos en una época de grandes cambios o en un cambio de época, pero la realidad es que nuestra cultura en la gran ciudad ha cambiado con frecuencia; en las visitas pastorales les he venido diciendo a muchos de ustedes que cuando su servidor llegó a esta Arquidiócesis, hace doce años, se daba por hecho que el matrimonio era entre un hombre y una mujer, ahora ya no parece tan claro para muchos feligreses, por lo menos para aquellos que votaron en este sentido.

También era muy claro, hasta hace poco tiempo, que la vida es sagrada desde el momento de su concepción, ahora parece que no solamente se puede terminar con esa vida que comienza o con una vida que al final parece ya no redituable; y no solamente se puede, sino que en ocasiones muchas personas ya tienen la obligación de cooperar para que esas vidas que comienzan o esas vidas que parecen improductivas terminen y terminen de manera trágica.

Los cambios culturales son evidentes y nosotros no nos podemos sentar a llorar, debemos anunciar con toda valentía el Evangelio de la vida; para esto es necesario tomar una opción, una opción clara y decidida, una opción por la formación de los miembros de esta Iglesia particular Arquidiocesana, especialrmente de aquellos y aquellas que ya están comprometidos con el anuncio del Evangelio; recuerden que la conversión pastoral pasa por nosotros los obispos, los presbíteros, los consagrados, consagradas, los laicos en cualquier situación en que se encuentren.

Es necesario tener criterios claros en esta formación que estamos emprendiendo, algunos dirán: ya tenemos años; sí, sí es cierto y en algunas partes se ha avanzado de alguna manera extraordinaria, pero hay muchas comunidades que todavía no tienen agentes preparados, hay muchas comunidades que no tienen criterios claros para trabajar en este compromiso de la misión permanente.

Yo quisiera alentarlos en esta XIII Asamblea Diocesana para que no solamente tomen un compromiso claro, sino que también clarifiquen sus criterios y también implementen estrategias para la ejecución y la animación que todo esto conlleva. A la luz de estas convicciones miramos a nuestro Maestro, a Cristo Jesús que formó personalmente a sus discípulos y apóstoles con perseverancia, con paciencia, con sabiduría, los invito a su seguimiento; los introdujo en el misterio del Reino y después de su muerte y Resurrección, dándoles su Espíritu, los envió a predicar la Buena Nueva, su preocupación y estilo se volvió rico para los formadores, y sobre todo relevancia cuando pensamos en la paciente tarea formadora que la Iglesia debe emprender en el nuevo contexto cultural, que estamos viviendo.

Desde Aparecida, ciertamente todos ustedes recibirán una gran luz y muchos de ustedes se sentirán acompañados en todo el continente, porque son muchas las Iglesias que ya están tomando este camino que nosotros tomamos desde hace años, implementando el II Sínodo, que gracias a Dios vino a ser un sendero, un camino, una ruta muy clara que asumimos con entusiasmo.

El itinerario formativo del seguidor de Jesús hunde sus raíces en la naturaleza de las personas, del amor, de la fe y del llamado personal de Jesucristo, que a los suyos los llama por su nombre, y estos le conocen y le siguen porque conocen su voz; se inspira en la práctica original de la Iglesia de los primero siglos y se realiza en la situación cambiante por la que atraviesan las comunidades cristianas.

Ustedes saben que nuestra pastoral, el anuncio del Evangelio, el compromiso y la tarea de ser agentes de pastoral es muy diversa; nuestras vicarias tienen una gran diversidad y, por lo tanto, los agentes de pastoral, además de preparación deben tener una gran imaginación para poder llegar a campos tan diversos. Desde este patrimonio tan diverso, pero común a la Arquidiócesis de México, cada sector del pueblo de Dios pide ser acompañado y formado de acuerdo con la peculiar vocación del ministerio al que ha sido llamado, no a todos se nos pide lo mismo, pero a todos se nos pide el mismo compromiso, el compromiso de ser discípulos y de ser misioneros.

En las más variadas situaciones en que nos encontramos, a todos se nos pide el compromiso de una formación integral permanente y Kerigmática, a todos se nos pide una formación atenta en dimensiones diversas; esa formación tiene características muy claras, tiene que llegar a la dimensión humana y comunitaria, debe tener una dimensión espiritual, debe tener una seriedad y profundidad intelectual, debe tener sobre todo un fuego, un ánimo, un impulso para la misión para proclamar el Evangelio, para enseñar con fortaleza.

Todos sabemos que en este proceso de formar agentes, agentes con todas estas características que hemos mencionado, se tiene que ser respetuoso de los procesos; unos, como dije anteriormente, ya tienen años de compromiso, de seriedad en el trabajo y los frutos, gracias a Dios, son palpables; en algunas de nuestras comunidades ellos tienen que ayudarnos; en otras comunidades que apenas empiezan, que por distintas circunstancias, como decíamos en aquel tiempo, apenas se están subiendo al tren.

Este compromiso de animación, por supuesto que especialmente lo espero en los laicos, sin los laicos esta Arquidiócesis no podría ser evangelizada, sólo ustedes queridos hermanos laicos pueden llegar a la realidad de situaciones tan serias y tan profundas como la vecindad, los medios de comunicación, la atención en las oficinas públicas, el comercio en distintos niveles y sobre todo, sólo ustedes pueden llegar a la intimidad de cada una de sus familias, de ustedes realmente espero el gran compromiso para que esta Arquidiócesis tenga agentes preparados para las más diversas situaciones, quizá en algunas comunidades parroquiales solamente nos hemos preocupado por tener agentes de pastoral que trabajan al interior de la Iglesia, pero todavía no hemos incursionado en el mundo y la Iglesia existe para servir al mundo, para anunciar al mundo la Buena Nueva, no para quedarse encerrada y, ustedes laicos son los que tienen la vocación especifica de ir al mundo.

De mis hermanos y hermanas de vida consagrada espero el gran compromiso de su testimonio, de su testimonio en radicalidad, de vivir el Evangelio en el testimonio, porque ustedes son los pioneros de comunión, como lo expresa Aparecida, a fin de crear en esta Arquidiócesis esa comunión que necesitamos para que la misión permanente no sea de un grupo, no sea de una institución, no sea solamente de unas personas generosas en algunas de las parroquias, sino que la misión permanente sea de la Iglesia y ustedes siempre han estado a la vanguardia de la Iglesia.

Queridos hermanos sacerdotes, ustedes hacen presente a Cristo cabeza, de ustedes espero que sean los conductores de este compromiso, los que coordinen, animen, los que realmente vayan mostrando caminos nuevos y, sobre todo, vayan abriendo nuevas fronteras, con su ejemplo.

A mis hermanos obispos, a los que continuamente comparten con su servidor los anhelos y las ilusiones de que esta Arquidiócesis se convierta realmente en una Arquidiócesis misionera, en una Iglesia comprometida con la misión, los animo a que sigan con constancia preparando agentes en cada una de sus Vicarías, en cada uno de sus sectores, en cada uno de sus decanatos; necesitamos sí, una mejor preparación, necesitamos un grande entusiasmo, necesitamos imaginación para enfrentar nuevas situaciones; pero también recuerden que necesitamos una verdadera planificación, para no estar dando palos de ciego, para no caminar en vano, para poder evaluar con periodicidad y rendir cuentas al Señor, que quiere de nosotros no solamente entusiasmo, buena preparación etcétera, sino quiere frutos.

Espera de nosotros frutos, frutos abundantes y frutos que permanezcan, por eso a todos ustedes los animo a que nos entreguemos con mayor empeño en este proceso de la misión permanente; y sobre todo, en esta ocasión, impulsemos con mayor entusiasmo la preparación de los agente que hace posible esa misión permanente.

Juntos demos gracias al Señor por la cantidad extraordinaria de dones y carismas que ha regalado a nuestra Arquidiócesis de México, el pueblo de Dios que peregrina en esta ciudad está llamado a promover una mayor participación y corresponsabilidad de todos sus miembros, como dije anteriormente, sobre todo, de los fieles laicos, ellos nos impulsan, ellos nos hacen más responsables, ellos con su generosidad nos atraen al compromiso.

Sigamos adelante la misión que el Señor nos ha encomendado; debe traducirse en compromisos concretos, que cada uno según su vocación debe ir asumiendo.

Que el amor maternal de María de Guadalupe y su mensaje de inculturación del Evangelio nos enseñe el camino, para que nuestra Iglesia Diocesana muestre también un rostro materno a todos los que se sienten necesitados, a todos los que se sienten alejados. Que San Juan Diego, y me gustaría que le mostraran ese regalo que el Papa dio a los participantes en Aparecida, sea para nosotros un prototipo, un ideal de misionero, él supo transmitir con entusiasmo, con pasión aquello que le transmitió la Señora del cielo.

Que el Señor sea capaz de convertirnos también a nosotros en mensajeros, Él mismo que eligió a San Juan Diego, nos ha elegido a nosotros para que también transmitamos a todos aquellos que están cerca o que se han alejado la Buena Nueva de la salvación.

Muchas gracias. Que el Señor los bendiga y pronto aquí nos veremos.

Versión estenográfica

 

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