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XIII Asamblea Diocesana
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PRECISIONES SOBRE LAS ETAPAS


Mons. Juan Carlos Guerrero Ugalde

Consideraciones para apoyar el siguiente paso de la Asamblea Diocesana 2007

Buenas tardes.

Desde que estuvimos recogiendo los resultados de la consulta, ha sido indispensable y necesario ir aclarando términos y contenidos. Hoy también lo vemos necesario, puesto que al votar sobre los hechos y sobre los criterios de iluminación, algunos han preguntado y otros han aportado con diferentes contenidos a los términos que estamos utilizando.

Dado que esta ubicación puede ser también valiosa para el futuro, pues vamos a realizarla.

Primero. A qué le estamos llamando formación inicial.

Este punto es de suma importancia, porque atañe a todos los agentes. Estamos hablando de formación inicial como evangelización fundamental, es decir, la conversión a Jesús, por la cual optamos a ser sus discípulos, adherirnos a su camino, a su estilo de vida.

Como ustedes verán, esta primera aseveración hace hincapié en que estamos hablando del trabajo fundamental, que no sólo tienen las parroquias, sino prácticamente todos los grupos apostólicos y evangelizadores, de tal manera que la formación inicial se convierte como en el cimiento de trabajo, pero no es el único sesgo para la formación inicial.

También la formación inicial implica la integración a la comunidad eclesial, que permite al bautizado la experiencia de fraternidad, de oración, de celebración y de servicio como miembro vivo del Cuerpo de Cristo.

Este aspecto de la formación inicial alimenta la conciencia de pertenencia a la comunidad eclesial, que es tan importante hoy en día, porque hay muchos, muchos bautizados, incluso hay quienes están desempeñando algún servicio y no tienen una claridad de pertenencia eclesial. Entonces, ese aspecto de la formación inicial es de suma importancia que lo consideremos.

Todavía hay otro aspecto que forma parte de la formación inicial, es la conciencia de la propia vocación apostólica, que impulsa al bautizado a ya no vivir para sí mismo y a descubrir la comunión con sus hermanos en la fe como oportunidad de servicio al mundo.

Estos tres aspectos de la formación inicial deberían estar presentes en nuestro trabajo pastoral habitual, de tal manera que podamos apoyar a todos los bautizados y a todos los que se acerquen a la comunidad creyente a poner un cimiento firme, un cimiento verdaderamente sólido a su camino cristiano.

Vayamos puntualizando, esta formación inicial, ¿a quién le corresponde ofrecerla? ¿Quiénes son los responsables y cuáles son los ámbitos en donde hay que ofrecerla?

Principalmente, en nuestra organización pastoral, le corresponde a la comunidad parroquial, que debe acompañar a los bautizados en su primera formación, pero fíjense, el énfasis es: en la comunidad parroquial, porque con mucha facilidad hablamos sólo de los pastores y no, le corresponde a toda la comunidad, en su conjunto; cada uno con la responsabilidad que tiene, pero como que esta conciencia de una comunidad evangelizadora es indispensable para que se vaya forjando con plenitud esta capacidad de realizar la formación inicial.

Pero también, junto con la comunidad parroquial, existe para la familia, la formación inicial como tarea fundamental. Pero, ¿cómo va a poder desarrollar el núcleo familiar, la Iglesia doméstica, esta tarea si no diseñamos nuestro trabajo pastoral para apoyar a la familia? Y aquí en especial hablo de los padres de familia, que necesitan de esta capacitación y formación, de esta vivencia de su propio proceso de evangelización, para después ser capaces de realizar la primera evangelización de sus hijos.

Y también en este ámbito, la colaboración de los movimientos evangelizadores y de las comunidades menores diversas que tiene esa finalidad es muy importante.

Pero, cómo resulta indispensable que para que se vaya creando esta labor de la Arquidiócesis de manera verdaderamente fuerte, exista una pastoral de conjunto, de todos los que intervienen en la formación inicial.

Junto con esto, debemos también reflexionar sobre los cómos. Muchas cosas se han quedado en deseos, porque aún no hemos logrado en nuestras vicarías y en nuestras comunidades resolver los cómos.

Cómo lograr una mayor capacidad de nuestras comunidades para evangelizar a los bautizados. Y surgen expresamente los bautizados, no porque estemos cerrados a evangelizar a los que no estén bautizados, sino, ¿cómo lograr que nuestras comunidades sean evangelizadoras si no comenzamos con los bautizados? Es el aspecto que el Sínodo califica como el trabajo con los alejados.

En primer lugar, hace falta conciencia comunitaria de que somos responsables de acompañar a los bautizados a su encuentro con Cristo. Como que la participación parroquial, en este caso hablo como ejemplo de la parroquial, se da muy comúnmente como una asistencia a la Misaa o a cualquier otro acto que se realiza en la parroquia, pero como asistencia individual, una presencia como cuando vamos a cualquier lugar, pero todavía sin una integración comunitaria.

También es necesaria una opción, que aún no hemos tomado como prioridad pastoral, es decir, seguimos estableciendo pautas pastorales muy genéricas y si queremos establecer un verdadero camino evangelizador tendríamos que definir también qué estrategias y qué organización son necesarias en las parroquias, para poder realizar esta formación inicial.

Para realizarlo, van apareciendo en la consulta especialmente dos características que los agentes deberían de tener, la primera, ser misioneros, esto tiene su traducción, o sea, capaces de acoger, de acompañar y de testimoniar; que las personas se sientan recibidas en nuestras comunidades, se sientan acompañadas y sientan - experimenten el testimonio de fe de la comunidad. Y la otra característica es que sean agentes capaces de catequizar, entendiendo esta labor principalmente como una capacidad de acompañar en el proceso de reiniciación cristiana a jóvenes y adultos. Y aquí remarco, porque en la consulta, hay algunas de las aportaciones, que no son mayoría pero sí son significativas, respecto a la preocupación que deberíamos de tener no sólo por el rubro jóvenes, que a veces ya estereotipamos esta palabra jóvenes, sino por la nueva generación y, aquí no sólo entran los adolescentes y aquellos que viven su etapa de juventud, sino también los matrimonios jóvenes, los que ya están casados y que se han alejado paulatinamente en un proceso bastante acelerado de nuestras parroquias. Cómo estar intencionadamente capacitados para recibir y acompañar a las nuevas generaciones.

Ahora bien, es importante la formación inicial, porque esto le da piso a todo el trabajo de formación, cuando la formación inicial, es decir, la evangelización fundamental no está suficientemente trabajada, entonces, hablar de otras etapas de formación es ilusorio, estamos pisando en terreno fangoso;

Por eso, a partir de la formación inicial, es necesario clarificar el sentido de cada etapa del proceso de formación y cómo se van encadenando entre sí. La formación inicial, en su sentido de conversión y adhesión a Cristo, es como un vaso comunicante que retroalimenta todas las etapas de formación. Por eso es que el Papa Juan Pablo II decía que hasta el Papa necesitaba vivir, revivir su proceso de conversión, de revivir su conversión a Cristo, también el Papa necesitaba de catequesis, porque esa formación inicial está constantemente retroalimentando y renovando nuestro buscar a Cristo, nuestro aprender de Cristo.

Desde ahí, entonces, la formación básica sería la primera profundización sistemática de la vida cristiana, para consolidar la opción y el seguimiento de Cristo, que ya se tuvo en aquel primer momento de evangelización fundamental, la inserción viva en la comunidad y la participación en el servicio apostólico. Todo esto ya se tuvo en la iniciación, pero la formación básica lo va a consolidar, de ahí que con la formación básica el discípulo inicia su maduración como apóstol. Ese es el momento al que quiso responder en uno de sus aspectos el llamado Cefalae y, que sigue siendo un momento de la formación indispensable, pero todos nos hemos dado cuenta en estos once años, después de la orientación del Cardenal al respecto, que nos ha faltado vincular el momento de la formación básica con el siguiente, que es la formación específica.

La formación específica la podemos distinguir como el desarrollo y capacitación de los propios dones y carismas para poder realizar un servicio específico, que es participación en la tarea evangelizadora de la comunidad, o sea, no es simple ocurrencia de la persona que quiere realizar un servicio o ayudar en algo, no, sino que estando inserto en la comunidad participa esa tarea de toda la comunidad, que se hace presente donde hay necesidad del testimonio evangélico. Tampoco nos quedemos reducidos a las pautas de servicio que ya están marcadas habitualmente, la ciudad con sus necesidades de evangelización nos está pidiendo mucha mayor creatividad en esta área de la formación específica. Nuestro abanico de formación específica es muy reducido y los ambientes que hay que evangelizar son cada vez más diferenciados.

Por eso la formación específica está relacionada con el desarrollo de los ministerios y ahí está nuestro termómetro, si echamos una mirada a los ministerios, seguimos anclados en dos ministerios laicales. Y ojalá y que en nuestra diócesis sintamos este impulso, porque la formación de los laicos, en la cual todos debemos estar empeñados, va a comenzar a haber un florecimiento o se iluminará ese florecimiento cuando de pronto comencemos a sentir muchas voces, presencias y servicios que nos hablan de ministerios nacientes.

Y finalmente la formación permanente. Podemos decir que muchas de las actividades de formación que se realizan en la Arquidiócesis tratan de responder a la formación permanente, pero el problema es que en la mayoría de los casos fallamos en la inicial, fallamos en la básica o tenemos deficiencias en aquellas y entonces la permanente queda como una continuidad o una especialización que en muchos momentos no tiene un cimiento fuerte.

Esta formación continúa y profundiza de forma permanente la formación básica y específica, acompaña al cristiano en su camino de seguimiento de Cristo, para madurar su amor a Dios y al prójimo, su comunión fraterna y su apertura misionera al mundo.

Aquí, en la formación permanente, sobre todo esta palabra la usamos para nosotros, los ministros ordenados, y fíjense cómo es importante que seamos conscientes de que nuestra formación inicial, es decir, el encuentro personal con Cristo y nuestra propia conversión, si no es como la sangre, como el flujo que alimenta constantemente nuestra formación permanente, pues entonces se queda más bien como mero avance o conocimiento de actualidades intelectuales, que no modifican o no nos permiten profundizar nuestro servicio ministerial a la Iglesia y al mundo.

En esa gráfica (véase diapositiva de la presentación del Power Point), que en algunas vicarías ya la han visto, porque la estuvimos utilizando para ejemplificar las etapas de formación, vemos que este cimiento, la formación inicial tiene los elementos fundamentales del proceso evangelizador, debe tener esa característica de ser kerigmática, de ser capaz de acompañar la reiniciación cristiana y la catequesis fundamental para que se dé el encuentro con Jesús, la experiencia de comunidad y el servicio.

Esos son los principales ámbitos que se han venido mencionando: La familia, las comunidades menores y la parroquia, para realizarla.

Una siguiente etapa de formación, que incluso intentamos que con los colores se viera que deberían tener continuidad una con otra, porque no son etapas que se diferencien linealmente una de otra, sino que va una haciendo surgir la otra, sería el programa de formación básica en donde ya hablamos de agentes, de pastoral de discípulos, vamos poco a poco madurando apóstoles.

Y aquí, en la Arquidiócesis son los distintos centros de formación, tanto Cefalaes como similares a los Cefalaes, los que están con esa misión.

El siguiente momento, que se apoya en los anteriores es el programa de formación específica que está relacionado directamente con los llamados ministerios. Ahí están los institutos que existen en la Arquidiócesis, tanto diocesanos como de comunidades religiosas, los que trabajan eso y las comisiones de pastoral en la diócesis.

Y finalmente, tratando de hacer ver este proceso de formación como si fuera una construcción que va teniendo un apoyo entre una etapa y otra vendría la formación permanente. Pero, fíjense cómo a veces nos engañan las dimensiones, porque en gran medida la formación permanente debería reforzar también el cimiento y permitir que nuestro servicio evangelizador sea cada vez más profundo.

Así, en todo esto, hoy vamos a revisar las líneas de acción, mañana los ordenamientos. Les quiero decir en esta mitade de la asamblea, tenemos una cuestión de fondo que no debemos perder de vista y que está en el piso de todo este trabajo que venimos realizando y que la asamblea debe aportar.

Esa cuestión de fondo es: ¿qué decisiones debemos tomar?, ¿qué acciones debemos realizar?, para que realmente la formación de agentes de evangelización sea una prioridad pastoral arquidiocesana. Ojalá y que no caigamos en la trampa, porque a veces la cuestión de que algo sea prioridad es como para tenerla aparte, como pieza de museo; todavía no hemos respondido suficientemente a que sea prioridad la familia, que sea prioridad la juventud.

Ojalá que la formación de agentes, no por calificarla como prioridad, la dejamos así a lo lejos, no, necesitamos entrarle con decisiones concretas y por eso desde ayer la posición es que abordemos el corto plazo, qué nudos, qué coyunturas no se están resolviendo por falta de decisiones y de programas concretos para la formación de agentes.

Ojalá que de veras, respondiendo a las orientaciones del señor Cardenal, convirtamos en la práctica la formación en una prioridad que ya no soltemos.

Gracias.

Mons. Juan Carlos Guerrero Ugalde

Versión estenográfica


Precisiones para las Etapas de Formación


 

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