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UBICACIÓN DE LA ASAMBLEA


Muy buenas tardes a todos. Nos anunciaba el señor Cardenal el nombramiento de un nuevo obispo auxiliar para nuestra diócesis, él ya se encuentra aquí, entre nosotros. Ya es obispo, así se nos decía en el comunicado, que el Papa lo ha nombrado. Antiguamente su usaba, no sé si todavía, ese título de obispo preconizado, bueno, él ya nos acompaña en esas circunstancias y le damos la bienvenida, lo felicitamos, y como decía el señor Cardenal, esto seguramente redundará en un nuevo beneficio para nuestra Iglesia particular.

Habiendo sido iluminados por la Palabra de Dios que hemos escuchado y que con ese signo tan elocuente ha sido ya entronizada aquí en nuestra aula y animados y ambientados por la palabra del señor Cardenal que nos dirigió hace unos momentos, nos introducimos al trabajo de reflexión, al trabajo de compartir en esta asamblea.

Cuando preparábamos ya de forma inmediata estos días, me sugerían que empezara recordando el objetivo de la asamblea, o sea, la asamblea en general, porque algunos asisten por primera vez, porque no está por demás repetirlo, entonces voy a empezar con eso de forma muy sucinta, muy concreta.

Creo que podríamos decir que el objetivo de toda Asamblea Diocesana, además de que lo tenemos descrito en los estatutos correspondientes, sería por una parte esto: revisar y dar un nuevo impulso a la marcha pastoral de la Arquidiócesis; es una revisión que hacemos, yo diría, de mucha calidad, porque no es un grupo de dos o tres que se ponen a ver cómo va la pastoral en nuestra Arquidiócesis, somos parte de un grupo numeroso el que está reunido aquí, si no mal recuerdo, los convocados son cuatrocientos cincuenta y tantos, pero además, bastante representativo, porque provenimos de distintos ambientes, trabajamos en distintos ámbitos, porque ocupamos distintos cargos y esto hace que podamos tener una visión.

Además, es importante hacernos conscientes de que la asamblea, ojalá y así lo vivamos siempre, así lo entendamos, la asamblea no es de tres días, dos tardes y una mañana, sino que la asamblea es un periodo que en realidad debe generar un proceso.

Hoy precisamente en unos momentos más, y ya desde ahora si no en poco, tienen en sus carpeta los resultados de una consulta amplia, se dice aquí diocesana, sabemos que no son todos los que podrían dar su respuesta, pero insisto, es representativa, ahí captamos, ahí vemos, ahí calibramos cómo va nuestra situación en cuanto a la marcha pastoral.

Y desde luego, como debe hacerse en toda evaluación, a esto le llamo yo una  revisión, para decirlo de forma más genérica y no tan técnica, evaluación; pues no solamente es para contemplar cómo vamos, para lamentar lo negativo o gozarnos de lo positivo, sino que es para dar todo un impulso para que todo eso realmente nos ayude a avanzar.

Y esto lo hacemos en un ejercicio, en una actitud, en una actividad que cada vez de forma muy satisfactoria se va aplicando a los quehaceres pastorales, por ejemplo, Aparecida misma con frecuencia nos habla de esto, de una actitud de discernimiento, sobre todo si hablamos de un discernimiento pastoral, una mirada de fe con espíritu crítico, con espíritu también de escucha, qué nos dice el Señor ahí.

Además, por lo que decía, también es un discernimiento corresponsable, porque lo hacemos juntos, porque lo hacemos de forma en la cual compartimos nuestros puntos de vista, nuestros anhelos y nuestras propuestas, por eso remarco que esto se hace como un ejercicio también de la fe; estamos aquí reunidos no solamente como una asamblea, un grupo de personas que tienen un solo objetivo, antes que nada estamos en un clima de Iglesia.

El señor Cardenal nos hablaba de la importancia de la Palabra, pero aquí también explicitamos que es la Palabra escrita y la Palabra vivida, todos recordamos cómo al inicio del Sínodo que acaba de terminar, se nos decía que una de las insistencias de las primeras reflexiones era recordar que la Palabra de Dios no solamente es la Escritura, no solamente es lo que está escrito, la Palabra de Dios es también la Palabra vivida y yo diría no solamente entendida con esa palabra “Tradición”, para enfatizarlo con grandes mayúsculas, sino con la vida de todos los días, la vida, el ejercicio de fe, de trabajo que todos vamos haciendo.

Entonces hacemos esta revisión como Iglesia, por lo tanto decíamos ahí, comunitarias; esto tiene para todos nosotros otro elemento, con esto termina esta descripción del objetivo de la asamblea, no se les olvide nunca que a lo que aquí llegamos son acuerdos hasta cierto punto provisionales, son acuerdos entre nosotros, que aún se pueden someter a votación y todo lo que queramos, pero esto tiene una verdadera validez, yo diría también como esa Palabra vivida, como esa manifestación del Espíritu, cuando el señor Cardenal, cuando nuestro pastor lo asume, lo convierte en orientación, lo convierte en elementos para nosotros. Entonces, tomando conciencia de esto, dándonos cuenta de esta importancia, vivamos así estos momentos.

Enseguida pasarían a describir, a exponer lo que nos hemos propuesto como objetivos, digamos así, específicos, particulares de esta asamblea, para qué nos hemos reunido en estos días, qué es lo que hemos visto a partir de esa misma consulta, a partir de esas experiencias que hemos ido viviendo y que todos vamos detectando, qué creemos que nos hace falta. Y ahí tenemos esas dos palabras, yo les haría también tomar conciencia de que generalmente cuando se pone uno a pensar en objetivos, trata uno de medir las palabras, espero que estas palabras sean adecuadas y que les demos realmente su propio peso que es muy significativo.

Clarificar y asumir el proceso de formación de los agentes de pastoral. Sobre esto venimos trabajando desde hace dos años, cuando el señor Cardenal nos da una orientación, en la asamblea pasada nos detuvimos a reflexionar, salieron conclusiones muy importantes que se encuentran precisamente en el documento conclusivo que en sus orientaciones de este año el señor Cardenal también las asume y las recomienda, pero no basta, por la misma experiencia que vamos teniendo, por lo que dicen esas respuestas que tenemos y por lo que vamos viendo, es necesario que tengamos más luz, más claridad, qué significa el proceso de formación, cuáles son sus implicaciones, cuáles son sus exigencias, cuáles son sus etapas y todo esto referido precisamente para que sea así, a nuestra vida pastoral, a nuestro plan pastoral, porque nosotros somos agentes de pastoral de una Iglesia determinada, que tiene ciertas exigencias, que tiene cierto recorrido y que por eso también podemos hablar de una perspectiva sobre la cual va caminando.

Todo esto que esperamos, si no satisfacerlo totalmente, dar un paso muy significativo, muy importante, que realmente podamos decir al final de estos días: ya entendí mejor o aún todavía, ahora sí ya entendí qué es el proceso evangelizador y cómo se relaciona con la vida pastoral.

Pero tampoco basta, porque nosotros, quizá un poquito más los clérigos y a veces otros agentes de pastoral se contaminan un poco de esto, somos medio intelectualistas, ojalá y seamos intelectuales, entonces sí, analizamos, desglosamos, vemos pero no basta. Es importante asumir, hacer nuestro, cuánto realmente falta con relación a esto y no solamente lo que se refiere al proceso, sino a otras muchas realidades, sí sabemos lo que es con claridad eso, pero no lo hacemos, no nos comprometemos con ello.

Entonces, ahí vemos esos verbos, esas palabras que se ponen en los objetivos, la primera va realmente dirigida al entendimiento, pero también debemos poner en juego la voluntad, que es compromiso, relacionado con el proceso de formación de los agentes de pastoral.

Por eso los criterios muy importantes son estos dos, que son casi el mismo, en continuidad con el proyecto misionero de la Arquidiócesis: Sínodo y postsínodo, todas estas reflexiones que hemos ido trayendo, toda esta luz, todo este esfuerzo, todo este caminar, que aunque no sea del todo alabado, desde luego que es muy importante y muy valioso; por eso mismo tenemos ahí el proceso mismo evangelizador, que como se nos irá explicando en las distintas sesiones de estos días, realmente se identifican y es lo que se necesita que veamos con toda claridad.

Proceso de formación, proceso evangelizador; parecería que proceso evangelizador es lo que tenemos que hacer vivir a los demás, proceso de formación lo que nosotros tendíamos que vivir. Creo que no, sino que tienen su encuentro que los hace una sola realidad.

Y valorándolo, también el señor Cardenal nos lo decía, como él ya nos había dado esta orientación y ahora debemos realmente verla así, el proceso de formación como columna vertebral de la misión permanente. Esto quiere decir que lo sostiene, que si no existe lo demás es endeble, que si no existe no avanza, o sea, algo verdaderamente esencial. El señor Cardenal nos lo dijo ya con sus palabras.

Un segundo objetivo: recordando el sentido que una asamblea diocesana debe tener en la vida pastoral de la diócesis, les insistiría en que nos demos cuenta que esto no se puede circunscribir a unos cuantos días, a unas cuántas horas o a un periodo muy reducido, por eso es que diría que esos objetivos serían para un programa que tiene más tiempo, que lleve un compromiso más prolongado, precisamente por eso es la asamblea, en la medida que los asumamos, en la medida que los ratificamos, en la medida que sintonizamos con ellos y que decimos: sí, por aquí es nuestro caminar. Claro, podríamos disentir, se puede manifestar en nuestras reflexiones, en nuestras aportaciones.

Entonces, si es así, veamos que esto tiene que iluminar, esto tiene que guiar, esto tiene que sostener nuestro trabajo, en este periodo que sigue y esto será en la medida que el señor Cardenal nos ratifique, nos reoriente estas reflexiones que nosotros hagamos con relación a estos temas.

El año pasado, ustedes lo recuerdan, ojalá que sea que lo recuerden aún los que no vinieron a la asamblea, porque el documento que salió de aquí, era el documento conclusivo, no para los que participamos en la asamblea, era para la Iglesia diocesana, por lo tanto tuvimos que haberlo difundido, tuvimos que haberlo utilizado, tuvimos que haberlo reflexionado, pero el tener qué, se cumplió poco y no porque yo lo diga, sino porque así lo dicen las conclusiones que tenemos y porque así lo dicen nuestras experiencias y porque así lo podemos constatar en las pláticas que tenemos entre nosotros mismos.

Bien, si no lo recordamos, si no lo tenemos presente, el año pasado hablamos del proceso evangelizador en su conjunto y referido a los diversos agentes: obispos, presbíteros, diáconos permanente y transitorios, religiosos, religiosas, laicos y se aterrizó, votamos, sacamos conclusiones, asumimos en ese nivel, pero ahora vemos la necesidad de volver a detenernos en algunas de esas etapas, concretamente en las dos primeras, la inicial y la básica; teniendo muy en cuenta y, ahorita se los van a explicar, que esto no se refiere solamente a los laicos, les va a quedar muy claro sobre todo en las formas, en los “cómos”, esto nos compromete y nos sirve a todos, doctores y no doctores, debemos vivir, experimentar esa formación inicial, claro, de distintas formas y la básica, en fin.

Es necesario que acabemos de entender y por lo mismo, propiciaremos el compromiso con las exigencias que estas dos etapas de la formación llevan ya por sí mismas en los distintos agentes. En esta asamblea se ha cuidado hacerlo de forma diferente que en otras, se presentarán algunos “cómos”, no para decir: háganlos así, sino, estos “cómos” pueden hacerlos así o de manera semejante, además de estos hay muchos otros, pero que estos nos sirvan como reflexión, como iluminación.

El tercer objetivo sería: vincular nuestra misión permanente que estamos realizando en nuestra Ciudad de México con la propuesta de la Misión Continental, ahí hay mucha luz, hay mucha fuerza, tenemos que aprovechar todo lo que nos dice el Documento de Aparecida y cómo el Documento de Aparecida se proyecta en esta acción continental que se le quiere llamar misión. Por lo pronto, este esfuerzo se está haciendo con todos esos carteles que están aquí y allá afuera, frases muy pertinentes, nos iluminan y tratan de llamarnos al compromiso en este proceso de formación y especialmente en estas etapas en las que queremos poner énfasis. Tendremos también algún signo dentro de nuestras mismas celebraciones, que también nos ayude a esto. Y desde luego, bien vivido, bien guardado, todo esto nos ayudará a ratificar esa voluntad; en ciertos ambientes se habla de voluntad política, aquí podríamos hablar de voluntad pastoral, aquí podemos afianzar el compromiso en una evangelización misionera, en actitud de conversión pastoral, tema trabajado por Aparecida, que tiene sus implicaciones muy concretas, se irán explicando, se irán tocando, precisamente todo aquello que nos haga responder al Señor, justamente es una conversión pastoral.

Remarcamos el espíritu de comunión, porque es uno de los aspectos que servirán mucho a nuestra sociedad continental si perciben esa comunión, si ven a las Iglesias de América Latina y el Caribe unidas en un trabajo, unidas en un esfuerzo; quizá con métodos diversos, pero el propósito es el mismo, el espíritu es el mismo, que se traduce en espíritu misionero; esto será muy importante.

Volviendo un poquito a la etapa inicial de la formación, estoy pensando en esto que son en gran parte acontecimientos, que tienen todo el mensaje y todo el impulso, estoy pensando en el encuentro, para el que ya estamos muy próximos, aquí en nuestra Arquidiócesis, precisamente la formación inicial nos da mucha luz para el trabajo de Pastoral Familiar, muy de base, recordando que si hay un lugar propio y privilegiado para la formación inicial es la parroquia, sí, pero si fuera posible, sería más la familia, ojalá y que con este ímpetu que vamos teniendo en la Pastoral Familiar, podamos tener una pastoral mundial con estas características, que realmente nos ayudan a sembrar y a dar el primer crecimiento, como se decía en el documento del año pasado, de esa fe que se va teniendo en las familias.

Concluyendo esta introducción, hago alusión a unas palabras del señor Cardenal Corripio, de hace quince años, cuando fue promulgado el Decreto General, muy cerca de estos días, en noviembre de 1993, se promulgó en la Basílica y antes lo entregó el señor Cardenal a los agentes de pastoral, fueron muchos, miles, fue en todo este espacio incluyendo lo que ahora es comedor, se entregó ese mensaje que decía: El Decreto General tiene por delante un vasto horizonte como un plan pastoral de largo alcance, cuyo objetivo es la evangelización de las culturas y cuya realización exigirá muchos años, será necesario considerar este documento como el gran marco de referencia del quehacer pastoral que habremos de realizar poniendo en práctica variados programas que vayan respondiendo con oportunidad y eficacia al ritmo de nuestro caminar.

Pues eso que hemos ido haciendo y en cuanto a reflexión, puedo decir que me parece y creo no ser el único que lo ha escuchado, a veces de personas un poco lejanas, de aquí mismo cuando se distancian por motivos sobre todo de estudio, desde lejos como que lo ven todavía más claro, dicen: realmente nuestro Sínodo, nuestro proceso postsinodal, nuestro plan diocesano es muy rico, es muy lúcido, es muy iluminador, es muy consistente; creo que en eso estamos de acuerdo y lo estaremos más en la medida que lo estudiemos, en la medida que lo analicemos, con todos esos documentos que tenemos, sobre todo si los estructuramos y vemos el sistema pastoral que hay allí de fondo.

Eso es en cuanto a luces, en cuanto a verdades, en cuanto a doctrina; sin embargo, también tendremos que decir que la asimilación del contenido de toda esta reflexión es lenta por su propia naturaleza, pero tal vez también no ha sido suficientemente promovida esta asimilación, la puesta en práctica siempre ha sido orgánica y no la hemos compartido de la misma forma todos los agentes de pastoral.

Precisamente para terminar hablando de la formación de agentes, creo que podríamos decir que hace falta darle más su lugar, hace falta, como decía la principio, entenderla mejor, para que sostenga, para que impulse la puesta en práctica de todo este proceso, de toda esta enseñanza que hemos recibido del Sínodo, como reflexión diocesana, de las enseñanzas de nuestros pastores, el señor Corripio, el señor Norberto Rivera y ojalá que en estos días a esto nos sintamos llamados. Que en esto pongamos realmente nuestro esfuerzo y nuestro interés; que veamos que puede haber fallas, pero que realmente podemos superarlas, que combinemos con mayor objetividad esas miradas a veces pesimistas, esas miradas a veces demasiado optimistas, sobre todo que nos esforcemos por ser sinceros en lo que creemos que el Señor nos llama a ser y que a eso realmente dediquemos nuestros esfuerzos. Muchas gracias.

Mons. Alberto Márquez Aquino

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