Un Rostro Joven
para renovar la Misión Permanente
Al Encuentro de las Nuevas Generaciones

 

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ILUMINACIÓN GENERAL

MINISTERIO ORDENADO


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INTRODUCCION
El día de ayer, de forma ordenada y pedagógica nos ayudaron a ver una vez más, la realidad que con ojos de discípulos hemos mirado de modo insistente. Realidad pluricultural, en la que crece el secularismo, afectada por fracturas y contrastes que afectan la convivencia humana, esa realidad que en muchas de sus expresiones se manifiesta como una amenaza para la familia. Hemos visto con inquietud como los modernos medios de comunicación han facilitado o generado un lenguaje en que las nuevas generaciones se expresan como en su idioma propio; ese tipo de lenguaje que a nosotros nos reta y a veces dificulta la comunicación de los valores humanos y cristianos. Una realidad donde también descubrimos los signos a través de los cuales Dios nos llama a seguirlo sin condiciones. Es en medio de esa compleja realidad en la cual estamos llamados a vivir nuestra vocación.  

En cuanto discípulos, todos y por lo tanto obispos, presbíteros, diáconos, y laicos hemos sido llamados a estar con Jesucristo y a llevar el Evangelio que Él nos confió, de modo que dicho Evangelio ilumine y trasforme todos los ámbitos de la vida y de la cultura de las personas y de las comunidades. Los ministros ordenados realizamos la misión de acuerdo al carisma que se nos ha confiado para el bien de la Iglesia y de la sociedad.

La vida de los ministros ordenados, como la de todo discípulo tiene una doble referencia: la inserción en Jesucristo y testimoniarlo, (Señal de que verdaderamente estamos unidos a Él, como la rama del árbol que da buenos frutos está necesariamente unida al árbol del que toma la savia).

Nuestra Arquidiócesis a partir del II Sínodo, celebrado hace veinte años se ha empeñado en realizar con intensidad y por todos los medios la misión que Cristo nos confió, mediante la organización de la “misión permanente” y que fue sin duda uno de los grandes aportes que la Arquidiócesis presentó en la Asamblea de Aparecida.

Al hablar de la misión es oportuno recordar que el Papa Francisco dice al respecto: la misión tiene dos aspectos: es programática y paradigmática; la primera consiste sobre todo en hacer programas misioneros y la segunda en poner en clave misionera toda actividad de la Iglesia particular. El Papa señala que la consecuencia inmediata de esto es el cambio de estructuras caducas y el cambio de los corazones.

Por lo tanto es la misión la pauta y la razón que justifica el cambio de las estructuras que resultan caducas; pues lo que se busca es que la Iglesia se organice para servir a todos, tanto a los bautizados como a los que no lo están. Este es justamente uno de los retos que enfrenta nuestra Arquidiócesis al haberse puesto en camino para llevar el Evangelio a las nuevas generaciones.

RETOS.
Así pues, si queremos nosotros, los ministros ordenados, acrecentar nuestro sentido misionero, en otros términos si queremos ser fieles a Jesucristo, es oportuno tener en cuenta dos de los retos señalados por el Obispo de Roma: la renovación interna de la Iglesia y el diálogo con el mundo actual.

RENOVACIÓN INTERNA.

1) Como pastores es necesario que revisemos si nuestra conversión se manifiesta en que tenemos los mismos sentimientos de Cristo (que siendo rico se hizo pobre, para mostrarnos la ternura del Padre), si procuramos hacer sus mismas obras, si creemos en Él y anunciamos su nombre bendito. Si todo lo que hacemos mirando al mismo Jesucristo y procurando el servicio de la Iglesia y el bien para toda persona de buena voluntad. En resumen si vivimos en comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, alimentados por la Palabra y los sacramentos y si esto se traduce en amor servicial al prójimo.
En cuanto discípulos y pastores padecemos las mismas tentaciones que todos los demás hermanos y por eso necesitamos una conversión en clave de proceso (Encuentro con Cristo, conversión, discipulado, comunión y misión). Es importante considerar el modo y el motivo por el que celebramos los sacramentos.

La Sagrada Escritura nos muestra que la conversión es fruto del encuentro con la persona de Jesucristo, por ejemplo: La Samaritana (Jn 4, 5 – 39); Zaqueo (Lc 19, 1 – 10); y lo primeros discípulos; Andrés y Juan (Jn 1, 35 – 39). Es dejarse guiar por el Espíritu Santo y volver nuestro corazón al Padre. Es un cambio de mentalidad y de vida que se manifiesta en una vida con proyecto social. Es llevar el amor de Cristo principalmente a los pobres, enfermos e indigentes (cf. IA 30; Lc 14,13.21 es un proceso diario de entrega a Jesucristo, para vivir en libertad (Ga, 5,1).

Para profundizar en el camino de la conversión necesitamos mirar la marcha y la organización de nuestra Iglesia. Para ello el Papa ofrece una serie de preguntas, de las cuales solamente tomo algunas: ¿Procuramos que nuestro trabajo sea más pastoral que administrativo?, ¿Promovemos los espacios y ocasiones para manifestar la misericordia de Dios?, ¿Procuramos que las estructuras eclesiales miren al bien de los fieles y de la sociedad?, ¿Ofrecemos la Palabra de Dios y los sacramentos con la clara convicción de que el Espíritu se manifiesta en ellos?, ¿Favorecemos la creación de los Consejos de pastoral y de asuntos económicos y su buen funcionamiento?, Como pastores, ¿Tenemos conciencia y convicción de que los fieles tienen parte en la misión de la Iglesia?, ¿Los apoyamos y acompañamos?, ¿Procuramos que los agentes de pastoral y los fieles en general se sientan parte de la Iglesia?.

El Documento de Aparecida nos ayuda a considerar las condiciones que debemos vivir como discípulos y  misioneros (Obispos, presbíteros y diáconos DA 186, 206).

Como podemos descubrir el Papa entiende la conversión en la línea de la transformación de las actitudes y la reforma de la propia vida y esto en un proceso continúo. La pauta de este cambio es la referencia a Jesucristo, y la pertenencia eclesial y el servicio a las personas de cualquier clase o condición.

2) Diálogo con el mundo: El Concilio Vaticano II en Gozo y Esperanza dice que los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo son los gozos y las esperanzas, las angustias y tristezas de los discípulos de Cristo.

El Papa arranca de este presupuesto para insistir en la necesidad de que la Iglesia dialogue con el mundo. Bajo este supuesto estamos llamados a hacer presente la vida que Jesucristo nos ha traído a todos los campos de la cultura, a todos los ámbitos humanos, renunciando por lo tanto a quedarnos al margen de las nuevas situaciones en que se desarrolla la vida del hombre de hoy.  Salir de nosotros y de nuestros espacios eclesiales es clave es nuestro servicio misionero.

Es necesario revisar la organización de nuestras parroquias (Se nos ha ofrecido recientemente material para esto, desde la Vicaría de Pastoral), pues en muchos campos la parroquia mantiene la mismas estructuras que le permitieron responder a un mundo signado por la cultura rural. Es importante mirar cuáles son las estructuras de nuestras comunidades parroquiales que favorecen la misión permanente y la formación sólida de los misioneros. Por supuesto que esto implica revisar nuestras disposiciones internas para ver si son verdaderamente misioneras, es decir,  si vivimos como discípulos incondicionales de Jesucristo y abiertos a toda mentalidad y situación humana que requiera el anuncio del Evangelio.

Dialogar con el mundo implica conocer el lenguaje de las Nuevas Generaciones y saber escucharlas (No solo las palabras, sino también los gestos y las conductas). Tener apertura (A los descubrimientos de la Ciencia y en particular entrar en relación con todo el ámbito de las Universidades y demás Centros de estudio).

Si queremos dialogar con el mundo es necesario tener en cuanta las diferentes posturas políticas y religiosas de nuestra Urbe; así como la condición de los excluidos (Niños y jóvenes de la calle, campesinos afectados por la pobreza, personas que viven en lugar sin servicios, y en grande riesgo de su salud) aprovechando y mejorando los organismos que ya tiene la Arquidiócesis, por ejemplo Cáritas y los organismos especializados para algunos servicios.

Los ministros ordenados no podemos olvidar que la vocación es un regalo que hemos recibido para servir a la Iglesia. Que, como dice el Apóstol somos vasijas de barro y que estamos sometidos a las mismas fragilidades y tentaciones que todo humano padece. El Papa Francisco dice que una de las tentaciones más frecuentes del fiel cristiano y por lo tanto más de quien tiene el ministerio de servir a la Iglesia como ministro ordenado es el pretender interpretar el evangelio desde una clave externa al Evangelio mismo (desde las propias convicciones, el propio saber. El funcionalismo, que sólo mira la eficacia y no percibe el misterio) desde las ciencias, la psicología.

Creo que una de las grandes tentaciones es creer que sólo como yo hago las cosas están bien y por lo tanto hay una gran resistencia al trabajo en equipo; es necesario experimentar la comunión como una de las formas de la misión. La comunión y la misión se implican mutuamente. La comunión es misionera: “Miren como se aman”.  

Es necesario que tengamos en cuenta que también nosotros, agentes ordenados necesitamos abrir cada día nuestro corazón a Jesucristo. Necesitamos la creatividad, muy apreciada por las generaciones de este tiempo. El discernimiento para descubrir el paso de Dios en los sentimientos que registra nuestro corazón, y su presencia en los acontecimientos del mundo.  

Por eso es importante recordar que para quienes tenemos el ministerio del orden no hay gozo gozo mas grande que llamarnos y ser cristianos de verdad es decir tener los mismos sentimientos que Cristo y cumplir su Palabra, realizando la vocación que se nos ha confiado al servicio de la Iglesia y del mundo.

 

 

Excmo. Sr. Obispo Andrés Vargas Peña.