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ILUMINACIÓN SOBRE LA FORMACIÓN
Y MISIÓN PERMANENTE


MARCO GENERAL PARA LA FORMACIÓN
DE LOS AGENTES DE PASTORAL
EN LA ARQUIDIÓCESIS DE MÉXICO


CONTEXTUALIZACIÓN

Iluminación sobre la Formación y Misión Permanente


NUESTRA OPCIÓN PASTORAL DIOCESANA Y SU ITINERARIO FORMATIVO

1. Los signos del Espíritu nos muestran que la Ciudad es lugar de misión y para convertirnos en una Iglesia misionera necesitamos avanzar en la conversión pastoral. Esto significa abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe, impulsando la renovación eclesial, que implica reformas espirituales, pastorales y también institucionales, mediante una actitud de apertura, de diálogo y disponibilidad para promover la corresponsabilidad y participación efectiva de todos los fieles en la vida de las comunidades cristianas. Buscando, hoy más que nunca, el testimonio de comunión eclesial y la santidad, que son una urgencia pastoral (Cf. DA 365-368).

2. Para que asimilemos con profundidad ese espíritu en el proceso pastoral de nuestra Iglesia local, el objetivo pastoral será la formación de los agentes de evangelización y su compromiso apostólico, que debe estar en consonancia con la misión permanente propuesta por el II Sínodo Diocesano, que coincide substancialmente con la Misión Continental, y se concretiza en clarificar y hacer accesible a cada bautizado el itinerario para convertirse en discípulo misionero (Cf. OP 2007 n. 6 y 7).

4. Estamos llamados a descubrir nuestro entorno como el lugar donde Dios se revela, entender la misión como la profunda capacidad de fe y esperanza para reconocerlo presente donde parecía estar ausente. La formación de nuevos discípulos y misioneros para proponer la fe en la Ciudad debe estar impregnada de este sentido de encarnación (Cf. OP 2008, n. 26-27).

5. El camino que llevamos recorrido en la puesta en marcha de la pastoral misionera para la Ciudad, nos ha hecho ver la urgencia de atender con mayor cuidado la formación de los agentes evangelizadores. La formación de agentes no es un añadido al trabajo que hemos impulsado, sino el eje fundamental, la "columna vertebral" del modelo de Iglesia que queremos y requerimos para nuestra Ciudad.

6. El proyecto misionero propuesto por el Sínodo conlleva optar por una formación de agentes para nuestra Ciudad, caracterizada por su manifestación plural, para que responda con diversidad de ministerios específicos a la realidad multifacética en que vivimos.

7. La Misión Permanente es la razón de ser de los bautizados. Por tanto, recorrer el itinerario de formación para madurar como discípulos misioneros es una exigencia para responder a la misión. La Formación, en efecto, es encontrarse con Jesucristo, conocerlo y seguirlo como discípulos; vivir la experiencia de comunión con el Cuerpo de Cristo, la Iglesia, sintiéndose parte viva de ella y, aceptar ser enviado con la fuerza del Espíritu para ser fermento del Reino en medio de la Ciudad (cfr. OP 2009, n. 54-55).

8. La formación se concretiza como el proceso personal de maduración en la fe y de configuración con Jesucristo. A la comunidad creyente le corresponde acompañar en ese itinerario a los que se inician en la fe y en el seguimiento de Jesús.

9. En el itinerario se entrelazan: el encuentro con Jesucristo, la conversión, el discipulado, la comunión y la misión. Este proceso se implementa de manera circular o cíclica porque cada momento que lo integra es gestor del siguiente con creciente profundidad.

10. Los momentos del itinerario formativo maduran al discípulo misionero para que desarrolle actitudes evangélicas, aptitudes y habilidades prácticas para que sea portador de la Buena Nueva del Reino, no sólo en el lugar donde habita, sino también en los ambientes humanos que brotan del trabajo, de la vida cultural, del esparcimiento, de la vida social y de las situaciones económicas y políticas.


JESÚS NOS LLAMA A TODOS A CONVERTIRNOS EN BUENA NOTICIA

12. La formación de los agentes de pastoral involucra a todos los bautizados según su propia vocación y carisma. Todos los discípulos misioneros tienen en el bautismo su cimiento en común, pero cada uno es llamado de forma personal y especial a desarrollar los dones que ha recibido del Espíritu.

13. El proceder de Jesús es nuestro camino de formación. Él, enviado por el Padre y con el impulso del Espíritu, toma la iniciativa para ir al encuentro de las personas con una gran capacidad para acercarse al corazón, y logra “tocar” lo más sensible, provocando una respuesta espontánea. Con Simón Pedro, con Santiago y Juan, comparte el trabajo propio de su oficio antes de llamarlos a seguirlo (Cf. Mt 5,1-11). A Leví lo encuentra en la mesa de recaudación, en su trabajo diario, ahí lo llama (Cf. 5,27-32). No se guía por la imagen desprestigiada de su oficio, va a descubrir el rostro verdadero de la persona.

14. Jesús parece comprender siempre lo que necesitamos y elige el momento oportuno para tomar la iniciativa. Y se dirige a Zaqueo invitándose a su casa (Cf. Lc 19,5).  Con Nicodemo (Cf. Jn 3,1-21) y con la Samaritana (Cf. Jn 4,1-42) dialoga para descubrir lo que hay en su interior. En el pasaje de los discípulos de Emaús (Cf. Lc 24,13-35) los alcanza en el camino para ayudarlos a superar la incapacidad de su fe.

15. Así, nuestra fe brota en el encuentro con el Dios de rostro humano; el Dios con nosotros, el Dios del amor hasta la cruz. Cuando el discípulo llega a la comprensión de este amor de Cristo “hasta el extremo”, no puede dejar de responder a este amor si no es con un amor semejante: “Te seguiré adonquiera que vayas” (Lc 9,57). (Cf. Benedicto XVI, Discurso inaugural Aparecida, 13-05 2007, n. 3).

16. Hay una relación directa entre la experiencia de este amor personal que nos salva y el convertirse en portador de la Buena Noticia de Jesús. Es cuestión de convicción de amor.

17. La misión de amor de Jesús no excluye a nadie. La prueba más fehaciente es constatar a quiénes llama a ser sus discípulos: miren quiénes han sido llamados, pues no hay entre ustedes muchos sabios según los criterios del mundo, ni muchos poderosos, ni muchos nobles. Al contrario, Dios ha elegido lo que el mundo considera necio (1Cor 1,26-27).

18. El encuentro con Jesús nos pone en el camino de la conversión personal para que podamos ser instrumentos aptos para dar testimonio del Evangelio. 


LAICOS — MINISTROS ORDENADOS — MIEMBROS DE LA VIDA CONSAGRADA

LOS LAICOS

19. Los laicos tienen como vocación específica estar en el corazón del mundo impregnando sus tareas temporales de los valores evangélicos. Mientras más laicos estén identificados con el Evangelio, y sean responsables en sus realidades, competentes y conscientes de dar testimonio cristiano, estarán al servicio de la edificación del Reino de Dios y por consiguiente de la salvación en Cristo Jesús (Cf. EN 70).

20. A través de la formación, los agentes laicos descubren y viven su propia vocación y misión. En nuestra Arquidiócesis se ha tomado como prioridad la formación de laicos formadores de otros laicos.

21. Es necesario formar el ser y la identidad del laico, respondiendo a las necesidades, misión y expectativas de los laicos y de sus propios ambientes; que enfatice la espiritualidad de comunión y capacite para la acción misionera.

LOS MINISTROS ORDENADOS

22. "Te recomiendo que reavives el carisma de Dios que esta en ti por la imposición de mis manos" (2 Tim 1,6). Con estas palabras, San Pablo expresa el dinamismo de la gracia recibida por el sacramento del Orden; se trata de un don, el cual es una tarea y responsabilidad.

23. Por la misión que tienen es necesario poner una atención particular a la formación permanente de los sacerdotes; sabemos que estamos ante un cambio de época, que no solo invita a buscar simples "actualizaciones teológicas-pastorales", sino un auténtico discernimiento de los signos de los tiempos, para poder evangelizar y hacer una autentica pastoral de pastores (Cf. Pastores Davo vobis, 76), que respondan a las situaciones que afectan y desafían la vida y ministerio de los presbíteros: La identidad teológica del ministerio sacerdotal; su inserción en el cultura actual, así como sus aspectos vitales, afectivos y culturales que influyen en la vida ministerial. (Cf. DA 192-197).

24. Los ministros ordenados han de formarse continuamente teniendo en cuenta las condiciones en que se desempeñan como tales: como bautizados, es decir como salvados por Jesucristo y viviendo permanentemente su bautismo en el ejercicio de su misión; como sacerdotes, trabajando en su identificación permanente a Cristo, en la oración, en la proclamación de la palabra y en la práctica de la caridad; como pastores, buscando su identificación con el único Pastor de la Iglesia; y finalmente, acercarse al hombre contemporáneo para compartir con él sus alegrías y sus esperanzas, sus penas y sufrimientos de manera que su cercanía sea más auténtica.

25. El Pueblo de Dios siente la necesidad de obispos, presbíteros y diáconos discípulos: que tengan profunda experiencia de Dios, configurados con el corazón del Buen Pastor, dóciles a las mociones del Espíritu, que se nutran de la Palabra de Dios, de la Eucaristía y de la oración; ministros ordenados movidos por la caridad pastoral: que los lleve a cuidar del rebaño a ellos confiado y a buscar a los más alejados, predicando la Palabra de Dios, siempre con profunda comunión eclesial; ministros ordenados servidores de la vida: que estén atentos a las necesidades de los más pobres, comprometidos en la defensa de los más débiles y promotores de la cultura de la solidaridad. También de ministros ordenados llenos de misericordia (Cf. Presbíteros misioneros de Jesucristo, Card. Claudio Hummes, 1º sep 2008).

26. La formación de los Ministros Ordenados busca mantener inflamado su interior con el Espíritu, que es el único que les quitará miedos y vacilaciones. Busca que se renueve su amor de pastores, para que recuerden a quienes bautizaron pero que están alejados o viven indiferentes porque no los evangelizaron suficientemente, cuando, en verdad, se   habían comprometido a hacerlo el día en que los bautizaron; que sientan arder su corazón de ponerse al servicio de quienes no conocen a Jesucristo.

27. Reavivar y alimentar su ministerio, permite a los Ministros Ordenados, por su propio testimonio de vida y acción pastoral, realizar una de sus más importantes y urgentes tareas de renovación pastoral: convocar a los laicos y laicas para acompañarlos en su itinerario de formación, de tal modo que se conviertan en discípulos misioneros para el ámbito parroquial y en el vasto mundo de la sociedad. Esta perspectiva requiere una conciencia y convicción renovadas: los laicos deben ser misioneros no por concesión de los pastores, sino por derecho y deber que les viene de su bautismo y confirmación.

28. Entre los agentes de la misión, los Obispos serán los principales misioneros y animarán personalmente a cada presbítero y diácono a asumir el discipulado y la misión. Los obispos están llamados a ser los modelos del rebaño y, en especial, de sus presbíteros y diáconos.

LOS MIEMBROS DE VIDA CONSAGRADA

29.  Nuestra Iglesia local necesita el testimonio peculiar de la vida consagrada y de su misión: motivar en los bautizados la conciencia de los valores fundamentales del Reino. Y para esto conviene que los miembros de las comunidades consagradas se inserten adecuadamente con los otros miembros del pueblo de Dios.

30. Las diversas instancias pastorales deben abrir lazos de comunicación y participación que permitan a los miembros de la vida consagrada y a los responsables de la pastoral, reconocer el lugar que ocupan los diversos carismas en la pastoral sectorial o territorial y encontrar caminos para una colaboración más estrecha.

31. En comunión con los Pastores, los consagrados y consagradas son llamados a hacer de sus lugares de presencia, de su vida fraterna en comunión y de sus obras, espacios de anuncio explícito del Evangelio, principalmente a los más pobres, como lo han hecho en nuestro continente desde el inicio de la evangelización. De este modo colaboran, según sus carismas fundacionales, en la gestación de una nueva generación de cristianos discípulos y misioneros, y de una sociedad donde se respete la justicia y la dignidad de la persona humana (Cf. DA 217).
32. La presencia, cualificada y especializada, de la Vida Consagrada, debe ser aprovechada para apoyar los planes de formación de otros agentes. Realizar acuerdos de coordinación pastoral con ese propósito debe ser un objetivos prioritario. 

33. La coordinación debe buscar integrar equipos eclesiales donde miembros de la Vida Consagrada participen de forma importante en la formación de agentes. Hay que prestar mayor atención en darles a conocer los planes pastorales de la Arquidiócesis buscando que su participación sea plena.

SANTA MARÍA DE GUADALUPE NOS ACOMPAÑA PARA ENSEÑARNOS EL CAMINO

42. El itinerario formativo para los agentes de pastoral en la Arquidiócesis de México adquiere claridad y sencillez cuando contemplamos el acontecimiento guadalupano: María de Guadalupe, cuida de que el Evangelio nos penetre, conforme nuestra vida diaria y produzca frutos de santidad. Ella tiene que ser cada vez más la pedagoga del Evangelio en América Latina (Doc. Puebla 290).

43. Desde hace 478 años Santa María de Guadalupe, grabó en nuestro corazón, su modo de educar y de acompañar, para hacernos crecer como hijos del Verdadero Dios por quien se vive. Su pedagogía de Madre nos anima a profundizar en nuestra fe confiadamente.

44. Presencia maternal que es lugar de encuentro: Santa María de Guadalupe favorece el encuentro de todos su hijos, el encuentro del laico con el Obispo Zumárraga, el encuentro familiar Juan Diego y el tío Juan Bernardino, el encuentro de dos culturas, de los mundos, reunidos en su Santa Imagen estampada en la tilma de San Juan Diego.

45. Desde su maternidad, Santa María de Guadalupe considera a dos pueblos (indígena y español) como uno solo. Las personas son asumidas por Ella de manera integral, sin condiciones, con sus fragilidades y limitaciones.

46. Asume la historia y el presente, se identifica con sus realidades, nunca impone nada, se incultura, se adentra en la sangre, en la vida del otro, logrando hacerse una de ellos. Toda su persona y manifestación es expresión máxima de la ternura de Dios y de su Misericordia. El resultado es una gran cercanía afectiva, llena de vida plena y felicidad para todos. Concreta la Encarnación de Dios al transformarse Ella misma en el centro del palpitar de un pueblo en el cual Dios se manifiesta. 

47. Santa María de Guadalupe, con lo mejor de dos culturas construye la matriz, el núcleo de un nuevo pueblo, pone a todos en camino de unir, de perdonar, de reconciliar lo que estaba perdido, lo roto, venda las heridas.. Su amor tierno y misericordioso genera estructuras de convivencia más solidarias y una auténtica vida comunitaria y fraterna, humanizando el encuentro de mundos, de modos de pensar diverso.