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SENTIDO DE LA EVANGELIZACIÓN
CON AMBIENTES EN LA VISIÓN
PASTORAL DE LA ARQUIDIÓCESIS


Me corresponde puntualizar algunas ideas que nos ayuden en este segundo bloque y nos permitan centrarnos, después, en el trabajo de grupos.

Como lo ha dejado en evidencia las imágenes que hemos visto, lo que mueve el proceso pastoral de nuestra Arquidiócesis no es un mero programa, en verdad que es la fuerza del Espíritu la que está en medio de nosotros, en corazón de todos y que está constantemente alentándonos, a veces con dificultades y con retos, para que vayamos adelante en trasparentar el Evangelio.

Ese es el programa, el Evangelio, la persona de Cristo, por eso es que cuando hablamos de renovación pastoral, de conversión pastoral, no debemos asustarnos, aunque sí ser muy conscientes del gran desafío que estamos planteando y que planteó el Sínodo y, que el Sínodo lo hace también haciendo eco del Concilio, del Magisterio de la Iglesia y de la reflexión latinoamericana.

Por eso, en este segundo bloque, tratando de ir subrayando las ideas que permiten identificar cuál es el sentido que le hemos dado, aquí, en la Arquidiócesis a la evangelización con ambientes, voy a tratar de marcar algunos aspectos, sin ser exhaustivo, pero sí para dar ya un enfoque.

El objetivo de este día, especialmente lo que está marcado entre paréntesis, creo que nos deja ver los grandes desafíos en los que tenemos que trabajar en el futuro inmediato, porque es ahí donde se establece en qué consiste lo que llamamos renovación pastoral.

Sí necesitamos una nueva visión y, les digo, no por una novedad ideológica, sino porque estamos viendo que los habitantes de la Ciudad y sus formas de vivir se están adelantando cada vez más a nuestras formas de transmitir el Evangelio.

Y necesitamos estar más capacitados, porque las experiencias que acabamos de ver nos muestran claramente que no basta simplemente un sentido genérico de misión, falta prepararnos y conocer a fondo las realidades a las que queremos llegar.

También hace falta que tengamos los recursos, subrayaría yo especialmente, qué tipo de criterios estamos teniendo para los recursos humanos, porque nuestra Iglesia diocesana, a pesar de que en muchos aspectos siempre decimos que es necesitada por el gran desafío que significa evangelizar la Ciudad de México, la realidad es que somos una Iglesia local rica en recursos humanos y basta con la experiencia que estamos teniendo en el diálogo de la provincia eclesiástica para darnos cuenta lo que significa la riqueza de esta Iglesia local y con qué criterios estamos administrando esos recursos.

Por eso, es indispensable que para hacer este análisis sobre la pastoral nos fijemos en el proceso que se ha vivido, el mirar lo que pasó hace 20 años, cuando la Iglesia local se puso a confrontar su realidad pastoral, entonces los que participaron directamente en el Sínodo se preguntaban, cómo humanizar hoy la familia, el mundo de los alejados y de los pobres, las realidades juveniles, cómo tener como agentes una presencia más humanizante, cómo lograr que los medios de evangelización humanicen a los destinatarios prioritarios de la Ciudad.

y aquí, es una manera muy concreta de traducir esta pretensión de la evangelización de las culturas y de realizar una pastoral urbana que de veras ayude a las personas, que seamos capaces de humanizar el ambiente de la Ciudad.

Para que eso sea posible, para que nuestro trabajo se traduzca en una verdadera cercanía y en un verdadero tender la mano a las personas, como el primer paso de la evangelización, es indispensable que identifiquemos y miremos a las personas como tal y, que rompamos un poco esta inercia de tratar con grandes grupos en los cuales no identificamos a nadie en particular.

Entonces el Sínodo se respondía estas preguntas diciendo: es necesario evangelizar no decorativamente, a manera de barniz superficial, sino de un modo vital, estas experiencias que vimos, si algo reflejan es precisamente eso, este contacto humano que impacta, pero que al mismo tiempo invita, de un modo vital en profundidad y hasta las raíces, dice el texto del Sínodo, la cultura y las culturas del hombre.

Esta respuesta que está plasmada en el texto sinodal, deberíamos retomarla y actualizarla, porque ya tenemos todo un proceso en estos 20 años, que ya nos permite también decir ya algunos cómos, es que, la misión que tenemos como Iglesia, aquí se ha actualizado con el nombre de actualizar las culturas y siempre la meta es, llegar al corazón de las culturas, a la forma en que viven las personas, a sus ilusiones, inquietudes, aspiraciones.

Tenemos un gran desafío que poco a poco, la forma de vivir de los habitantes de la Ciudad se desarrolla y se realiza en ambientes donde predomina la ausencia de los valores cristianos, pero como en una de las orientaciones pastorales de hace 3 años, decía el señor Cardenal, va a madurar nuestra Iglesia local cuando cada bautizado sea consciente de ahí donde está, ahí donde el Señor lo ha puesto, debe florecer, es donde debe convertirse en levadura.

Pero, ¿qué proceso debemos hacer para que todos los bautizados sean conscientes de esta vocación?, y que la evangelización de las culturas nazca precisamente de esta iniciativa de todos los bautizados, de este compromiso.

Después de 20 años de este proceso postsinodal estamos, con esta asamblea, siendo convocados por nuestro Arzobispo a una etapa de evaluación, entendida fundamentalmente como una actitud de escucha, este ya sería un paso muy grande de madurez, el que sepamos escuchar, como dice el lema de la asamblea, la voz de Dios en las voces de la Ciudad.

Este momento ya está enriquecido con todo el proceso postsinodal y debe ponernos en la perspectiva de clarificar nuevas etapas que debemos recorrer en esta renovación pastoral, pero es un mismo proceso, no estamos ahorita iniciando nada nuevo y, lo mismo que hemos recorrido en las 18 asambleas pasadas, simplemente ha sido desdoblar la propuesta sinodal, pero nuestra estructura de Iglesia tarda mucho en asimilar toda esta propuesta de renovación y de cambio, pero el proceso continua y este momento es de reflexión, de tal manera que identifiquemos cómo el Espíritu de Dios, poco a poco, nos ha ido dando luz.

No es sencillo el irnos transformando a imagen de Cristo, pero entonces nuestro proceso debemos identificarlo como a largo plazo y de largo alcance; no es una etapa de inmovilidad pastoral, este periodo de evaluación, sino de reflexión profunda sobre los pasos de calidad que el Espíritu del Señor nos está pidiendo.

Entonces evitemos que el criterio de evaluación sea cuantitativo, cuántas actividades hacemos, intentemos tener un criterio cualitativo y creo que entonces tendremos mucho fruto, mucho fruto.

Este momento también tiene otros signos muy concretos, nos está pidiendo que ya tomemos como nuestras, actitudes pastorales que han ido siendo fruto de todos estos años, hagan de cuenta como que se ha ido decantando poco a poco en los mismos testimonios de los agentes de pastoral que forman parte de nuestra Iglesia, las actitudes que se requieren.

La primera, que desde ayer comenzó a ser voz en los grupos, hace falta cercanía para acompañar a las personas, eso implica mayor entrega, implica mayor identificación con aquellas personas con las que el Señor nos ha puesto a caminar, porque de otra forma no vamos a lograr la comprensión de lo que necesitan, no vamos a comprender tampoco su potencial, porque en este ejercicio misionero evangelizamos, pero sobre todo, nos evangelizan y esa retroalimentación es la que nos permite tener un empuje mayor.

Esa actitud pastoral de cercanía también tiene un fruto que nos permite ir encontrando nuevos lenguajes y, cuando hablamos de nuevos lenguajes culturales y sociales, no hablamos de discurso, sino hablamos de esta capacidad para entender y solidarizarse con los demás, nuevos lenguajes que sobre todo están en esa reflexión que hacía también el Santo Padre Benedicto al decir que la caridad es la principal forma de misión, ese es el lenguaje fundamental del Evangelio.

Y en esos términos tenemos que terminar el proceso que hemos iniciado, para renovar el esquema de formación de los agentes, porque los procesos de formación deben continuar evolucionando conforme va evolucionando nuestra conciencia pastoral, de tal manera que de veras la formación, el encuentro con Cristo sea un constante incentivo que nos va abriendo los ojos de la fe para descubrir lo que el Señor nos está pidiendo.

En este proceso hay una palabra importante, para que madure nuestro ambiente eclesial, que es que todos impulsemos la corresponsabilidad, no debemos seguir manteniendo grupos, bautizados, apostolados pasivos, en donde simplemente hay una participación en tareas, debemos ayudar a que el proceso de formación también signifique el que todos asuman una responsabilidad, sean gestores del mismo trabajo evangelizador.

Esta es otra actitud, y sobre todo, eso se ve, se mide en los laicos, qué tan corresponsables son los laicos en nuestras comunidades, en nuestros grupos, en nuestras acciones; qué tanto ya vamos descubriendo la madurez para respetar la autonomía de los laicos, porque la Iglesia no puede madurar si los bautizados laicos no se hacen presentes con su propia fuerza, las características de su vocación, en el ambiente secular.

Nuestra comunidad tampoco va a madurar si los religiosos y las religiosas no se hacen más presentes en comunión, en el proyecto pastoral, ahí siempre habrá un hueco que resentiremos y es así para la misma ubicación de los ministros ordenados, iremos iluminando y potenciando más nuestro ministerio en la medida en que también los otros carismas crecen y se desarrollan.

Este es un ambiente participativo que debemos fomentar y el cual debe ser un criterio importante para nuestra evaluación, de ahí se desprende lo que se plantea desde el documento de consulta de la asamblea, sobre la reflexión sobre las estructuras, por dónde empezar, pues por ahí, vamos a comenzar a renovar nuestra organización en la medida en que hacemos crecer las otras vertientes que acabo de decir.

Y apunta ya, creo que el Papa Juan Pablo II se los había dicho a los obispos en alguna visita ad limina, que había que caminar en la simplificación de nuestras estructuras y eso hay que entenderlo, porque no se trata de eliminar a nadie, sino se trata de que nuestra forma de organización favorezca la transmisión del Evangelio y, lo que sea estructura, como dijeron los obispos en Aparecida, ya no comunica el Evangelio, eso hay que irlo eliminando. Este proceso de purificación también debe alcanzar nuestra organización. Este será un factor de crecimiento interno importantísimo.

Y estos criterios, que también son fruto de la reflexión que se recibió de las vicarías, vayámoslos teniendo presentes, porque es la clave, también, para la evaluación.

En este proceso de renovación pastoral ojalá y que sepamos aprovechar la experiencia de los últimos 18 años y aunque son 18 asambleas, estamos iniciando el año décimo octavo, en realidad son 20, porque la misma llegada del señor Cardenal a nuestra Iglesia local, aunque ese año no hubo acontecimiento de asamblea, significó todo un momento como para potenciar el camino que veníamos andando.

Enfoquémonos en el sentido de conversión, porque como que a veces el temor de que nuestra pastoral habitual no pueda cambiar o vamos a abandonar algo que después no vamos a llenar con otra cosa, nos hace, a veces, tener puesto el freno de mano, pero aquí hablamos de un proceso de conversión, es decir, que nos toca a todos, desde Cristo, este caminar y debemos impulsarlo sin miedo.

Qué tanto debemos tomar en cuenta en nuestro criterio de evaluación las prioridades pastorales, porque, qué significa tener prioridades pastorales, ¿ya es prioridad la formación?, qué decisiones debemos tomar para que nuestra organización arquidiocesana se convierta en una verdadera escuela de misioneros, entonces aquí ya se nos va poniendo en frente, poco a poco, el llegar a decisiones concretas, que según el nivel de servicio que el Señor nos esté pidiendo en la diócesis, pues esas decisiones son cada vez más fuertes. Las decisiones que les tocan al señor Cardenal y a los obispos implica que todos nos planteemos el caminar con mucho más ánimo, ¿cierto?, con mucha más entrega.

Se ha ido forjando un proceso del cual podemos aprender, en la lista que va a aparecer, he entresacado del diálogo con distintos hermanos y hermanas como un camino que poco a poco se ha ido forjando:

Primero, identificar a nuestros interlocutores; segundo, provocar empatía; tercero, intensificar la cercanía mediante el testimonio de solidaridad; iniciar el diálogo donde predomine la escucha; quinto, apreciar las semillas del Verbo, que era un punto de apoyo fundamental en la reflexión sinodal; realizar el anuncio explícito proponiendo la fe en Jesucristo; revisar el proceso que se ha ido viviendo en esos pasos; impulsar la creación de comunidades menores, que ya se vayan poniendo en un crecimiento de fe.

Este proceso que se ha vivido en distintos momentos en este tiempo postsinodal y que es experiencia de muchas comunidades, aquí lo enumero y también ha sido reflexión en la Arquidiócesis, así como en los materiales de formación que se han presentado recientemente, especialmente en el manual de la evangelización de las culturas de la Ciudad de México, en donde el P. Benjamín hizo esta síntesis, pero también está plasmado en las experiencias pastorales concretas.

Les invito a que parte del ambiente de evaluación sea tratar de reflexionar y poner en práctica estas actitudes, en nuestras propias comunidades.

Finalmente, es el Espíritu quien va guiando ese proceso de maduración de nuestra Iglesia local, debemos estar convencidos de ello. Sólo pidamos que se abra nuestro corazón para descubrir que Jesús vive en la Ciudad, esta fue una de las proclamas principales, surgidas del Sínodo: Jesús vive en la Ciudad.

La renovación pastoral, el proceso en el que estamos empeñados se trata de ir al encuentro de este Cristo que vive en la Ciudad.

Sigamos el caminar juntos llenos de confianza y generosidad.

Muchas gracias.

Mons. Juan Carlos Guerrero Ugalde
Versión estenográfica


SENTIDO DE LA EVANGELIZACIÓN CON AMBIENTES EN LA VISIÓN PASTORAL DE LA ARQUIDIÓCESIS